
Autora del articulo: Reyes Caballero
Carta de una niña que sobrevivió
Hoy quiero contar algo que nunca pensé que tendría que contar.
El día empezó como todos los demás. El patio estaba lleno de voces, de risas pequeñas, de mochilas que se abrían y se cerraban. El olor de los lápices recién afilados, de los cuadernos nuevos, de la tiza que la profesora deslizaba sobre la pizarra.
Entonces llegó el ruido.
Primero fue un zumbido en el cielo.
Un sonido extraño, como si el aire se rasgara.
Algunas niñas miraron por la ventana. Yo también miré.
Pero no entendí nada.
Después llegó el estruendo.
No fue solo un sonido.
Fue como si el mundo se rompiera en mil pedazos.
La luz desapareció.
El suelo tembló.
Las paredes se abrieron como si fueran de papel.
Sentí cómo el aire se volvía espeso, pesado, imposible de respirar.
Había polvo por todas partes.Y un olor… un olor que nunca había sentido antes.
Olía a humo.
A metal caliente.
A pólvora.
Ese olor se metía en la garganta y hacía arder los ojos.
No veía casi nada. Solo sombras que se movían entre el polvo.
Escuchaba gritos.
Gritos de niñas llamando a sus madres.
Gritos que se quedaban atrapados en el aire.
Intenté levantarme.
Mis manos temblaban.
El suelo estaba lleno de cuadernos rotos, mochilas abiertas, lápices partidos.
Y entonces vi a mis compañeras.
Algunas no se movían.
Una de ellas todavía tenía la mano sobre su cuaderno, como si estuviera a punto de terminar una palabra.
Otra tenía su mochila abrazada contra el pecho.
El silencio que había entre los gritos era lo peor.
Porque en ese silencio entendí algo que nunca debería entender una niña.
Entendí que la guerra no tiene corazón.
El miedo se quedó dentro de mi pecho como un animal atrapado.
Quería correr.
Quería desaparecer.
Quería volver a la mañana, cuando mi madre me peinaba el pelo y el mundo todavía era
normal.
Pero el olor a pólvora seguía allí.
El polvo se pegaba a la piel.
La garganta dolía.
Los ojos ardían.
Y alrededor solo quedaban restos de un colegio que unas horas antes estaba lleno de vida.
Yo no entiendo la guerra.
No sé por qué los adultos hacen estas cosas.
Solo sé que hoy el recreo nunca llegó.
Que el sonido de las risas desapareció.
Y que una niña como yo aprendió demasiado pronto lo que significa el dolor.
Si alguien en el mundo puede escucharme…
por favor recuerden algo muy simple:
Los niños no sabemos de odio.
No sabemos de banderas.
No sabemos de guerras.
Solo queremos vivir.
Solo queremos aprender, correr, reír…
y volver a casa cuando termina la escuela.
Por favor…
no bombardeen nuestros colegios.
Porque cuando una bomba cae en una escuela
no rompe solo paredes.
Rompe la infancia.
Rompe el futuro.
Rompe el corazón del mundo.
Y el mundo no quiere ver sufrir a sus hijos.
Este relato nació el día que vi un vídeo en un aeropuerto.
Un féretro cubierto con una bandera llegaba en silencio.
Dentro estaba un militar de Estados Unidos que había muerto en la guerra.
Un niño pequeño se acercó al ataúd.
Caminaba despacio, como si no entendiera lo que estaba pasando.
Lloraba llamando a su papá.
Ese llanto era el mismo que escuché en mi colegio.
Porque el dolor de un niño no tiene país.
No tiene religión.
No tiene bandera.
El niño que pierde a su padre en una guerra
y el niño que pierde a sus compañeros en un bombardeo
sienten el mismo vacío en el pecho.
El mundo debería ponerse en la piel de todos los padres
que reciben una llamada que nunca quisieron recibir.
En la piel de las madres que esperan a sus hijos
y no vuelven.
En la piel de los niños
que de repente se quedan solos frente al silencio.
Porque cuando una guerra empieza,nadie gana de verdad.
Solo crece el número de padres que lloran
y de niños que ya nunca volverán a reír igual.
Por eso escribo estas palabras.
Para que alguien, en algún lugar del mundo, recuerde algo muy sencillo:
ninguna bandera vale la vida de un niño.
NO A LA GUERRA.





Deja un comentario