
Hay un momento, al cambiar de teléfono, en que uno cree estar trasladando datos y descubre que está mudando la vida. Pasan de un aparato a otro las fotografías, los números, las conversaciones, las canciones que escuchamos cuando todavía no sabíamos cuánto iba a cambiar todo. Parece una operación sencilla, una diligencia sin alma, hasta que entre los nombres aparece uno que ya no pronunciamos. Entonces la pantalla pregunta si deseamos conservar aquella conversación y el dedo se queda quieto, suspendido sobre dos opciones demasiado pequeñas para contener lo que significan. Porque no estamos decidiendo qué hacer con unos archivos, sino si aquella persona continuará viajando con nosotros. Si su risa cruzará también hasta el nuevo teléfono. Si esas palabras escritas una noche cualquiera merecen sobrevivir a la boca que las dijo, a las manos que las escribieron, incluso al amor o a la amistad que alguna vez les dieron sentido. Y uno termina preguntándose cuántas veces puede trasladar a sus muertos de un teléfono a otro, cuántas mudanzas soporta una ausencia antes de convertirse en equipaje.
Antes, el tiempo se ocupaba de algunas cosas. No era más piadoso que ahora ni dolían menos las despedidas, pero poseía una manera discreta de ir retirando lo que ya había terminado. Las cartas perdían color en los cajones, las fotografías se doblaban por las esquinas, los números de teléfono dejaban de pertenecer a alguien y las voces se iban apagando en la memoria hasta
quedar reducidas a una música imprecisa. Nadie tomaba la decisión exacta de olvidar. El olvido sucedía. Llegaba sin pedir permiso, como llega el polvo a los muebles de una casa cerrada, y poco a poco borraba los detalles para dejarnos a salvo lo esencial. Quizá un gesto. Tal vez una frase. La manera en que alguien se inclinaba para escucharnos o aquel modo suyo de reírse antes de terminar una historia. La memoria sabía que no podía conservarlo todo y escogía por nosotros. Era injusta algunas veces, caprichosa casi siempre, pero también misericordiosa. Comprendía que para seguir viviendo había que permitir que determinadas cosas se alejaran.

Ahora el olvido necesita una contraseña. Hay que seleccionar, confirmar, borrar definitivamente. Somos quizá las primeras generaciones obligadas a ejecutar con las manos aquello que antes realizaba el tiempo. Nada se pierde del todo mientras exista una copia, una nube, un dispositivo olvidado en un cajón. Podemos recuperar una conversación de hace quince años con la misma nitidez con que fue escrita, escuchar a una persona muerta respirar antes de empezar un audio o contemplar la juventud de alguien que envejeció lejos de nosotros. Los archivos no amarillean, no enferman, no saben que han pasado los inviernos. Permanecen intactos mientras nosotros dejamos de ser quienes aparecemos en ellos. Y esa permanencia, que a primera vista parece un triunfo contra la muerte, ha colocado sobre nuestros hombros una responsabilidad para la que nadie nos preparó: decidir qué merece permanecer y qué debemos permitir que desaparezca.
Morir ya no consiste solamente en dejar un cuerpo, una casa y unos cuantos objetos. Quedan perfiles abiertos, correos sin leer, suscripciones que continúan





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