Autor: F.J Rodríguez

Hay personas que ya no existen aunque todavía lleven nuestro nombre. Uno las recuerda algunas noches, cuando el silencio se pone impertinente y abre cajones que creíamos cerrados. Aquel muchacho que juraba saber cómo funcionaba el mundo. Aquella mujer que confundía amor con necesidad. El joven que defendió una certeza con la insolencia propia de quien todavía no había perdido nada. El hombre que dijo aquello que hoy jamás diría. Todos fuimos alguien del que, llegado un momento, tuvimos que despedirnos. Y menos mal. Porque vivir no debería consistir únicamente en cumplir años, sino también en dejar algunas versiones de nosotros mismos abandonadas a la vera del camino. A veces pienso qué ocurriría si alguien hubiera grabado todas las conversaciones que mantuvimos a los dieciocho años. Qué espanto. Qué colección de absolutos, de sentencias y entusiasmos definitivos que duraron tres martes. Qué seguridad aquella con la que explicábamos asuntos que apenas conocíamos. Uno recuerda ciertas frases y siente una mezcla de pudor y ternura, no porque aquel joven fuese necesariamente peor, sino porque estaba empezando. Y empezar tiene eso: se dicen muchas cosas antes de comprender su peso. Tuvimos, sin saberlo, un privilegio que quizá las generaciones venideras no conocerán de la misma manera: el derecho a que algunas estupideces murieran solas.

Una frase dicha en una sobremesa desaparecía entre el humo de los cigarrillos y el café. Una opinión equivocada podía sobrevivir unas semanas en la memoria de los amigos y después irse deshaciendo, como tantas cosas que parecían importantes. Una carta terminaba en una caja. Una fotografía amarilleaba. Los errores envejecían con nosotros. Algunos incluso tenían la decencia de morir antes que quien los había cometido. No era necesariamente impunidad. Era tiempo. Y el tiempo, que tiene fama de verdugo, ha ejercido también durante siglos un oficio misericordioso: borrar. Tal vez hemos sido injustos con el olvido. Siempre hablamos de él como de una pérdida. Nos asusta olvidar nombres, rostros, fechas. Construimos monumentos para que algo no desaparezca y repetimos que quien olvida su historia corre el riesgo de repetirla. Pero existe otro olvido, pequeño y doméstico, que nos ha salvado innumerables veces: el que permite que una antigua torpeza deje de perseguirnos, el que concede a una persona la posibilidad de no permanecer eternamente esposada al muchacho que fue. Porque el ser humano necesita memoria, sí, pero también una cierta cantidad de olvido para poder respirar.

Ahora hemos construido algo distinto: una memoria que no envejece. Nosotros sí. Una fotografía tomada hace quince años permanece idéntica mientras quien aparece en ella ha envejecido quince inviernos. Una frase escrita una madrugada conserva las mismas palabras aunque su autor haya atravesado después un matrimonio, un divorcio, la muerte de sus padres, el nacimiento de un hijo, una enfermedad, cincuenta libros, tres fracasos y una tarde cualquiera en la que descubrió que estaba equivocado. El archivo sabe lo que dijimos; lo que no sabe es todo lo que ocurrió después. Y quizá ahí resida una de las grandes injusticias de nuestro tiempo: hemos creado máquinas extraordinarias para conservar acontecimientos, pero ninguna sabe guardar la transformación de una conciencia. Pueden recuperar una frase pronunciada en 2009 en una fracción de segundo, pero no contienen las noches de insomnio, las conversaciones, las pérdidas ni las vergüenzas que hicieron que aquella persona dejara de pensar así. La tecnología conserva el instante. La vida sucede entre los instantes. Y nosotros comenzamos a confundir una cosa con la otra.

Existe además una extraña veneración contemporánea por la coherencia. Se exige a las personas que permanezcan fieles a lo que dijeron, como si modificar una idea fuese una forma menor de traición. «Antes decía lo contrario», proclamamos satisfechos cuando desenterramos una declaración antigua. Y acaso sea verdad. Pero habría que preguntarse qué pretendíamos demostrar exactamente. ¿Que alguien pensaba de otra manera hace veinte años? Menudo descubrimiento. Lo verdaderamente inquietante podría ser lo contrario. Hay quien presume de pensar a los sesenta exactamente igual que a los veinte, y nunca he sabido si eso merece admiración o una pequeña investigación. Porque veinte, treinta o cuarenta años deberían haber servido para algo. Uno debería haber leído algún libro que le incomodara, conocido personas capaces de desmontarle prejuicios, amado a alguien que lo obligara a mirar el mundo desde otro lugar, perdido algo suficientemente importante como para relativizar ciertas certezas. La experiencia sirve de poco si únicamente confirma lo que ya pensábamos. Crecer consiste también en desmentirse. Hay una nobleza silenciosa en reconocer: yo creía esto y ahora ya no. No siempre es oportunismo. A veces es exactamente lo contrario: la valentía de asumir públicamente que uno estaba equivocado. Algo que debería parecernos profundamente humano y que, sin embargo, solemos castigar con una frase lapidaria: «Ha cambiado de opinión». Por supuesto que ha cambiado. Eso hace la gente que vive. Las estatuas son muchísimo más coherentes.

No conviene, sin embargo, hacernos trampas. El pasado importa. Hay actos que dejan víctimas, decisiones cuyas consecuencias no desaparecen porque su autor haya madurado y daños que exigen responsabilidad. El arrepentimiento no resucita a nadie, no devuelve lo robado, no recompone automáticamente lo que se rompió. Sería infantil convertir la posibilidad de cambiar en una patente de corso. Pero responsabilidad e identidad no son exactamente lo mismo. Tal vez alguien deba responder siempre por lo que hizo sin que por ello aceptemos que aquello sea todo cuanto esa persona es. Si negamos esa posibilidad, entonces tendríamos que reconocer algo bastante desolador: no creemos realmente en la educación, ni en la rehabilitación, ni en el arrepentimiento, ni siquiera en la madurez. Solo creemos en antecedentes. Y una civilización que no concede ninguna transformación termina construyendo cárceles sin barrotes. Quizá por eso resulta tan fácil reducir a alguien a su peor minuto. Los seres humanos completos son tremendamente molestos: tienen contradicciones, zonas oscuras, épocas admirables y temporadas bastante mediocres. Para comprenderlos hace falta contexto, paciencia y tiempo. En cambio, una frase cabe perfectamente en una pantalla.

Es la tiranía del fragmento. Veinte segundos de una conversación, un mensaje, una fotografía, una opinión escrita años atrás. Extraemos un pedazo de una biografía y pretendemos que contenga al individuo entero, como quien encuentra una baldosa y asegura conocer ya la casa. Tal vez lo hacemos porque tranquiliza. Señalar las antiguas miserias ajenas proporciona una extraña sensación de superioridad moral y, durante unos minutos, nos permite olvidar las propias. No necesitamos preguntarnos qué habríamos dicho nosotros a esa edad, en aquella circunstancia, rodeados de aquellas ideas. Basta con mirar desde el presente y dictar sentencia. Todos somos extraordinariamente lúcidos cuando juzgamos el pasado con las herramientas que el propio pasado nos dio. Pero hay otra consecuencia menos visible y quizá más peligrosa: ¿qué ocurre con quienes están creciendo ahora sabiendo que casi nada desaparecerá? ¿Qué clase de relación tendrán con el error? Una sociedad puede creer que, vigilándolo todo, fabricará personas mejores. No estoy tan seguro. Quizá fabrique personas más prudentes, más calculadoras, más pendientes de construir una identidad irreprochable. Gente que aprenda muy pronto a no decir exactamente lo que piensa, sino aquello que podrá defender dentro de quince años ante un tribunal imaginario formado por desconocidos. Y eso no es madurez. Es miedo.

Pensar exige equivocarse. Pensar de verdad, quiero decir. Las ideas necesitan una habitación donde poder desordenarse antes de salir vestidas a la calle. Necesitan borradores, tachaduras, contradicciones. Hay pensamientos que nacen torpes y solo llegan a ser dignos después de haber discutido con otros pensamientos. Ningún escritor entregaría a una editorial la primera página que garabateó de madrugada. Sin embargo, estamos acercándonos a una época en la que exigimos a las personas haber escrito su personalidad siempre en limpio. Y nadie se construye así. Nos estamos olvidando de algo elemental: el pensamiento también necesita borradores. Un adolescente tiene derecho a formular una idea equivocada y descubrir después por qué lo estaba. Un joven puede enamorarse de una causa y abandonarla. Un adulto puede darse cuenta a los cuarenta de que durante veinte años miró un problema desde el lugar equivocado. Incluso una persona anciana conserva la posibilidad de rectificar mientras le quede un día por delante. Porque si existe alguna dignidad en envejecer será, precisamente, no llegar intactos. Qué fracaso sería terminar la vida conservando exactamente los mismos prejuicios con los que empezamos. Deberíamos llegar algo rotos, algo corregidos, con algunas certezas menos y unas cuantas preguntas más.

A menudo confundimos la firmeza con la inmovilidad. Nos gustan las personas que «siempre han pensado lo mismo» porque transmiten seguridad. Pero un árbol muerto también deja de cambiar. La vida, mientras permanece viva, modifica continuamente su forma. Hasta nuestro cuerpo sustituye células sin pedirnos permiso. Quizá sea absurdo exigir a la conciencia una quietud que ni siquiera posee la carne. Por eso resulta extraño que admiremos tanto la capacidad humana de aprender y tan poco las pruebas de que alguien ha aprendido. Queremos arrepentidos sin pasado, conversos sin antigua religión, adultos que jamás hayan sido adolescentes, sabios que nunca hayan dicho una estupidez. No existen. Todos caminamos sobre un cementerio privado. Debajo están las personas que fuimos: el niño que tuvo miedo, el adolescente insoportable, el joven que amó mal, quien se marchó cuando debía quedarse, quien permaneció cuando tendría que haberse ido, quien creyó una mentira, quien hizo daño, quien no supo pedir perdón, quien estuvo convencido de algo que el tiempo terminó desmontando. No hace falta negar esos cadáveres. Hace falta saber enterrarlos.

Últimamente vivimos, sin embargo, en una sociedad muy aficionada a las exhumaciones morales. Sacamos a la luz un antiguo yo de alguien, lo sentamos en el banquillo y obligamos al hombre o a la mujer de hoy a responder como si ningún día hubiera transcurrido entre ambos. Y los días han transcurrido. Eso debería importar. No para borrar la verdad, sino para completarla. Quizá deberíamos acostumbrarnos a formular una pregunta más cuando encontramos el pasado de alguien. Después de «¿qué hizo?» y «¿qué dijo?», preguntar también: «¿qué hizo después?». Ahí empieza la biografía. Porque una persona no es únicamente su caída. También es lo que hizo al levantarse. No es solo la equivocación, sino el camino recorrido después de reconocerla. Somos también nuestras rectificaciones, nuestros regresos, aquellas ocasiones en las que tuvimos que sentarnos frente a nosotros mismos y admitir, con esa humillación pequeña que conoce cualquiera que haya vivido lo suficiente: estabas equivocado.

Quizá algún día debamos recuperar algo parecido a la misericordia del tiempo. No hablo de olvidar la historia, de borrar archivos ni de exigir silencio a quien sufrió las consecuencias de actos ajenos. Hablo de algo más sencillo y más difícil: aceptar que el pasado de una persona pertenece a su historia, pero no necesariamente agota su presente. Dejar que los seres humanos tengan biografía. Porque eso es una biografía: la distancia entre quien uno fue y quien consiguió llegar a ser. A veces imagino una mesa enorme alrededor de la cual estuvieran sentadas todas las personas que he sido. El niño, el adolescente, el joven, cada uno con sus certezas y sus miedos. Probablemente discutiríamos. Algunos me avergonzarían. A otros quizá quisiera abrazarlos. Puede que alguno me mirase con decepción al descubrir que abandoné ciertos sueños. Yo también tendría algunas preguntas incómodas para él. Y, sin embargo, ninguno sobraría. Todos me trajeron hasta aquí.

Eso somos: una sucesión de desconocidos que comparten el mismo nombre. Tal vez por eso deberíamos tratarnos unos a otros con algo más de prudencia cuando abrimos el archivo y encontramos el cadáver de quien alguien fue. Podemos mirarlo, recordar lo que hizo e incluso exigir cuentas si las debe. Pero después habrá que levantar la vista y mirar al que sigue vivo. Porque cambiar de opinión no siempre es traicionarse. Arrepentirse no siempre es debilidad. Contradecir al hombre que fuimos puede ser una de las conversaciones más honradas de nuestra vida. Tal vez madurar sea eso: aprender a despedirse de uno mismo sin negar que alguna vez fuimos aquel. Y tal vez vivir, cuando se vive de verdad, consista precisamente en llegar al final siendo incapaces de reconocernos del todo en quien empezó el camino. Sería triste que después de tantos años, tantos amores, tantas pérdidas, tantos libros, tantos errores y tantas noches siguiéramos siendo exactamente los mismos. Eso no sería coherencia. Sería no haber pasado por la vida. Sería haber permitido que la vida pasara por nosotros sin dejar huella.