ROCCO Y SUS HERMANOS: LA TRAGEDIA DE UNA FAMILIA
La película comienza con una familia que llega a Milán desde el sur de Italia. No llegan buscando aventuras. Llegan buscando trabajo. La madre, Rosaria, y sus hijos entran en una ciudad industrial que parece pertenecer a otro país. El Norte frente al Sur. La fábrica frente al campo. La velocidad frente a la memoria.

Visconti no filma simplemente la emigración. Filma el momento exacto en que una familia empieza a dejar de ser la familia que era.
Y ahí reside la grandeza de la película.
Visconti construye el relato alrededor de cinco hermanos: Vincenzo, Simone, Rocco, Ciro y Luca. Cada uno representa una manera diferente de enfrentarse a la ciudad y al futuro. La película está estructurada en cinco partes, como si cada hermano fuese una pieza de un mismo organismo que lentamente comienza a fracturarse.
Pero Rocco y sus hermanos no es únicamente una película sobre la pobreza.
Es una película sobre la imposibilidad de permanecer intacto.
MILÁN
Milán aparece como una criatura gigantesca.
No es exactamente una ciudad hostil. Es algo peor: una ciudad indiferente.
La familia Parondi llega desde Basilicata, expulsada de su tierra por unas condiciones económicas precarias. Visconti parte de un fenómeno histórico real: la emigración interna italiana hacia las grandes ciudades industriales del Norte. El propio director explicó que quería abordar ese problema social sin pretender resolverlo, mostrando sus consecuencias positivas y negativas.
La ciudad ofrece trabajo.
Pero cobra un precio.
Ese precio es la transformación.
Los personajes descubren que en Milán todo puede convertirse en mercancía: el trabajo, el cuerpo, el amor, la lealtad e incluso la familia.
Y entonces aparece Nadia.
Nadia es el centro oscuro de la película.
No porque sea culpable de la tragedia, sino porque alrededor de ella se concentran los deseos de dos hermanos completamente diferentes.
Simone quiere poseer.
Rocco quiere salvar.
Entre ambos se encuentra Nadia, convertida progresivamente en el campo de batalla de una guerra que en realidad se libra dentro de los dos hermanos.
ROCCO Y SIMONE
Rocco y Simone son dos posibilidades de un mismo hombre.
Rocco representa la renuncia, el sacrificio, la fraternidad llevada hasta sus últimas consecuencias.
Simone representa el deseo sin límites, la humillación, la violencia y la incapacidad para aceptar que el mundo no le debe nada.
Lo terrible es que Visconti no presenta la lucha entre ellos como una sencilla oposición entre el bien y el mal.
Rocco puede resultar admirable.
Pero también puede resultar terrible.
Porque su bondad llega a convertirse en una forma de destrucción.
Rocco quiere salvar a Simone incluso cuando Simone ya no quiere salvarse.
Y esa decisión tiene consecuencias.
La fraternidad deja entonces de ser refugio y se convierte en condena.
La pregunta que plantea Visconti es brutal:
¿Hasta dónde debemos sacrificarnos por alguien que destruye todo aquello que amamos?
No existe una respuesta sencilla.
Por eso la película continúa siendo moderna.
LA CAÍDA
Hay algo profundamente dostoyevskiano en Rocco y sus hermanos.
La bondad no garantiza la salvación.
El sufrimiento no ennoblece necesariamente.
El amor puede convertirse en posesión.
La familia puede convertirse en una prisión.
La culpa puede transmitirse de una persona a otra como una enfermedad.
La película bebe de numerosas tradiciones literarias: Giovanni Verga, Thomas Mann, Dostoievski, Giovanni Testori y la literatura meridional italiana. El propio título remite a José y sus hermanos de Thomas Mann, mientras que el personaje de Rocco ha sido relacionado con la tradición de Dostoievski.
Pero Visconti hace algo extraordinario con todas esas influencias.
Las convierte en cine.
EL CUERPO
En Rocco y sus hermanos los cuerpos cuentan la historia.

Los boxeadores golpean.
Los amantes se abrazan.
Los trabajadores se cansan.
Los hermanos se enfrentan.
Nadia corre.
Y finalmente cae.
El cuerpo se convierte en el lugar donde termina aquello que la familia ya no puede expresar con palabras.
Por eso la escena de la muerte de Nadia resulta tan poderosa. Visconti la convierte en una composición casi religiosa: el agua, el reflejo, el cuchillo, las líneas geométricas y el cuerpo de Nadia formando una imagen que recuerda a una crucifixión.
No estamos ante una muerte cualquiera.
Es la muerte de una posibilidad.
Después de Nadia, nada puede volver a ser como antes.
LA FAMILIA COMO ÚLTIMA FRONTERA
Quizá lo más contemporáneo de la película sea precisamente esto: cuando todo cambia, la familia intenta convertirse en el último territorio estable.
Pero tampoco funciona.
Porque una familia no puede detener el tiempo.
Los hermanos crecen.
Desean cosas diferentes.
Conocen personas diferentes.
Encuentran distintas formas de sobrevivir.
Y lentamente dejan de necesitarse.
El drama de los Parondi es que quieren conservar una idea de familia que pertenece al mundo que han abandonado.
Han cambiado de ciudad, pero pretenden conservar intacto el pasado.
Es imposible.
La emigración no consiste solamente en cambiar de lugar.
Consiste en convertirse en otra persona.
EL PARAÍSO PERDIDO
Visconti entiende algo que el cine contemporáneo parece haber olvidado.
Una tragedia social no necesita discursos.
Puede contarse a través de una madre mirando a sus hijos.
A través de una habitación vacía.
A través de un tren.
A través de un hombre que vuelve a casa demasiado tarde.
La política de Visconti está en los rostros.
Su ideología está en los cuerpos.
Su filosofía está en la destrucción de una familia.
Por eso Rocco y sus hermanos supera ampliamente el contexto histórico de la Italia de los años sesenta. El Festival de Cannes la describe precisamente como una obra que mezcla el realismo con una dimensión operística y que examina familia, celos, lealtad, sexualidad, pecado y perdón sobre el fondo de las desigualdades económicas.
Visconti no nos dice cómo debemos vivir.
Nos muestra lo que ocurre cuando dejamos de saber cómo hacerlo.
ROCCO
Rocco es quizá uno de los personajes más tristes del cine europeo.
No porque pierda.
Sino porque cree que todavía puede salvar a los demás.
Y hay algo profundamente humano en esa ilusión.
Creemos que podemos salvar a nuestros hermanos.
A nuestros padres.
A nuestros amantes.
A nuestros amigos.
Creemos que nuestro sacrificio servirá para reconstruir aquello que se ha roto.
Hasta que descubrimos que algunas cosas no pueden reconstruirse.
Rocco permanece fiel a una idea del mundo que el mundo ya ha abandonado.
Por eso su bondad tiene algo de tragedia.
No es el hombre que vence.
Es el hombre que continúa creyendo.
Y quizá ahí se encuentre la verdadera grandeza del personaje.
LA ÚLTIMA IMAGEN
Al terminar Rocco y sus hermanos, uno tiene la sensación de haber asistido no a la historia de cinco hombres, sino a la muerte lenta de una época.
El Sur ha desaparecido.
La infancia ha desaparecido.
El padre ha desaparecido.
La familia que existía antes de Milán ya no existe.
Solo queda el futuro.
Y el futuro, en Visconti, nunca es un lugar luminoso.
Es una ciudad enorme.
Llena de luces.
Llena de fábricas.
Llena de gente.
Y absolutamente indiferente al dolor de un hombre.

Quizá por eso Rocco y sus hermanos sigue siendo una película tan incómoda.
Porque todos podemos reconocer algo de los Parondi.
El que quiere escapar.
El que quiere quedarse.
El que quiere triunfar.
El que fracasa.
El que perdona.
El que no puede perdonar.
Y, sobre todo, el que mira hacia atrás buscando una casa que ya no existe.
Visconti comprendió que una familia puede abandonar su tierra, pero no necesariamente puede abandonar el pasado.
Y que algunas veces la verdadera tragedia de emigrar no consiste en llegar a otro lugar.
Consiste en descubrir que, cuando finalmente llegas, ya no sabes dónde está tu casa.





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