
Tomé la línea 42 A en dirección a Alumbres desde Cartagena. El autobús iba a reventar, la línea 42 A (antigua línea 10) era una línea muy transcurrida durante la temporada de invierno. Me senté en el único asiento disponible a la vista. Cuando me senté, sentí la presión del descomunal trasero de la señora que iba sentada a mi lado. Era enorme, de esa clase de personas que necesitaban un asiento por nalga. Pero además, me fijé en el chico que iba sentado a mi derecha y más de lo mismo. Me vi atrapado entre dos enormes culos que amenazaban con aplastarme en cualquier momento. Pero, y por si fuera poco, ambos descomunales sujetos iban espachurrados en los asientos, con las piernas abiertas de par en par para su mayor confort. Trate de abrirme de piernas para ganar algo de espacio, pero la masa humana que me aprisionaba era demasiado fuerte.

Además, comencé a notar el peso de mi propia ropa. Sentí que en cualquier momento de la misma presión iba a salir proyectado con fuerza hacia adelante. Quise conservar la esperanza de que el bus se despejara un poco en Media Legua para salir cuanto antes de aquella trampa mortal. Pero no fue el caso, tan solo se bajó una persona y ni tan siquiera iba sentada, pero por suerte para mí, al llegar a Vista Alegre, el bus se despejó lo suficiente como para poder liberarme de esa prisión de carne y grasa acumulada. No me lo pensé dos veces, en tal que se vació el autobús un poco, me levanté y salí escopeteado hacia los asientos delanteros, que alivio. Gente así debería estar prohibida que se suba al autobús y si se lo permiten o una de dos, o deberían prohibirles sentarse en los asientos o deberían sacar asientos específicos para gente obesa.

Desde luego que aquellas dos personas tenían un grave problema de grosor que no solo les estaba afectando a ellos mismos, sino a todo aquel que se cruzara en su camino. Menudo espanto de viaje, luego mi padre no comprende por qué no me gusta el transporte público.





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