SEPTIMO ARTE
En tiempos de academias de cine, másteres en guion y cursos exprés de dirección, resulta casi provocador recordar que uno de los cineastas más influyentes de las últimas tres décadas se formó entre estanterías de VHS, recomendando películas a clientes despistados y devorando títulos de todos los géneros como si fueran capítulos de una enciclopedia infinita. Quentin Tarantino (nacido en 1963) no pasó por escuelas de cine: su escuela fue un videoclub de Los Ángeles, y su método, la curiosidad voraz. Allí aprendió que el cine popular —el de kung-fu, el spaghetti western, la serie B, el noir, la blaxploitation— podía ser un territorio fértil para la reinvención estética.

Ese origen humilde y cinéfilo explica por qué su obra respira una mezcla tan singular de erudición y gamberrismo, de respeto absoluto por la tradición y de irreverencia hacia cualquier canon. Tarantino no cita: remezcla. No homenajea: se apropia. No copia: reinterpreta. Su cine es un laboratorio donde conviven Leone y Godard, Kurosawa y De Palma, el pulp y la ópera, la violencia estilizada y el diálogo como arma de precisión. Si algo distingue a Tarantino es su capacidad para convertir una conversación aparentemente trivial en un campo de tensión narrativa. Sus diálogos —largos, sinuosos, llenos de humor negro y de observaciones pop— funcionan como un mecanismo de relojería que prepara explosiones dramáticas. En su cine, hablar es tan importante como disparar, y a menudo más peligroso.

La otra cara de su estilo es la violencia. Una violencia que no busca el realismo, sino la expresividad: coreografiada, hiperbólica, casi musical. Tarantino entiende la sangre como un color más en su paleta visual, y la venganza como un motor mítico que atraviesa culturas y géneros. “Kill Bill” es quizá el ejemplo más puro de esa concepción: un poema de venganza que viaja del chambara japonés al western italiano, del anime al exploitation setentero.
Otra de sus marcas personales es su capacidad para revivir carreras. Lo hizo con John Travolta en “Pulp Fiction”, con Pam Grier en “Jackie Brown”, con David Carradine en “Kill Bill” o con Kurt Russell en “Death Proof”. Tarantino no sólo dirige actores: los recontextualiza, los convierte en iconos renovados, los ilumina desde ángulos que nadie había imaginado.

Hace poco, Tarantino enumeró cuáles son, a su juicio, sus tres mejores películas, o, al menos, las que le satisfacen más: “Kill Bill” (de actualidad gracias a su reestreno en versión “completa y sangrienta”), “Malditos bastardos” y “Érase una vez en Hollywood”. Una elección que dice mucho de su evolución: de la exuberancia estilística a la reescritura histórica, y de ahí a la melancolía luminosa de su mirada sobre el Hollywood de finales de los sesenta.
Desde hace años repite que su filmografía tendrá solo diez películas. Una decisión que parece más un gesto conceptual que una retirada real, pero que él defiende como parte de su visión del cine: dejar una obra breve, contundente, sin decadencia. Con “Érase una vez en Hollywood” (2019) alcanzó la novena, y el mundo entero espera la décima como si fuera un acontecimiento generacional.





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