Autor: Pedro Rodrigo Fuentes Muñoz 

Y entonces el espacio tiempo decidió torcerse y de ahí aparecieron todos los seres vivos hasta alcanzar una época como la actual, donde ya nada es predecible excepto lo netamente humano. En momentos como este, lo mejor que se puede hacer es lo que más te guste, pues la incertidumbre se combate con dolor, misticismo, libertad y hacer lo que te gusta.


Muchos son los filósofos que auguran el momento del gran apocalipsis; artistas, místicos, escritores, polímatas, religiosos, magos, psicoanalistas, esotéricos, exotéricos, presocráticos e incluso preindoeuropeos y músicos como Beethoven.


Sobre todo, aquellos que dicen ser poetas, hippies, bohemios y surrealistas. Aquellos seres cuyo poder, cuya potencia innata alcanza estadios inimaginables que rebasan a todo sufí o judío ancestral ungido por el aceite de los mismos extraterrestres
que van por ahí reencarnándose y agitando conciencia.


Desde una película californiana hasta un viaje en pareja a la playa y de ahí a los bosques de Europa y sus enigmáticas casas ajardinadas y discotecas vanguardistas.


El sol ejerce su impacto sobre el espacio-tiempo y la luna observa atentamente desde su retaguardia. La soledad absoluta o la aventura que abarca la mayor amplitud. La hipersensibilidad ecléctica, o la intensidad de las ondas que vibran con total fogosidad por todo nuestro ser.


Lo que nos mueve no es la curiosidad o la necesidad, es el eros. El misterio hace posible todo esto y la felicidad entrenada que le precede. La locura del amor y la evolución humana con respecto a la materia, desde un viaje a Brasil y otro a Alemania…


La cuestión es la competición de haber quién es más diferente y/o atractivo en este cortejo de la existencia, que abre…


El sol del Mediterráneo, los mercadillos de verano, las sensaciones, la nostalgia, la danza emocionada del misterio.


El sol del mundo tropical, el sol de tu playita o lugar de la infancia. La cuestión es regresar al origen. Y también el pensamiento, allí donde se rige la realidad, donde atento observa el genio, loco o cuerdo, qué más da, para junto a la pasión, darle al mundo el impacto más positivo.


La locura se censura, pues todos somos todo y amamos constante y platónicamente en secreto. Pero la danza de los relojes de la pareja que asciende y se va elevando en acordes hasta el infinito en nuestro interior, reconstruye lo visible y lo invisible a cada latido de su improvisada coreografía.


Llega la hora de dormir y el volcán estalla, así pues, el fénix mira el atardecer con sus ojos naranjas desde lo alto de la torre de los académicos en pos de la creación. Llega el renacimiento de nuestro corazón, ya no hay sentido, el misterio absoluto se ceba con nuestros enamoramientos y nuestra locura.


De la nada aparece entonces nuestro coleguilla con tatuajes y espada desde no sé dónde a salvarnos, o algún antepasado que todavía nos observa. La sangre invade pues el escenario y la llama de la vida se torna al purpura de los espectros que intentan arrebatar nuestra belleza.


El tiempo regresa, el espacio sigue siendo caso perdido y de repente, sales fortalecido y preparado para diseñar realidades junto al sol. Sol de nuestra nostálgica infancia, verano de nuestros enamoramientos y aventuras.

¡Nació en bebé!, ¡la vida empieza!, ¡a tomarse algo en la terracita al anochecer con los amigos!


La soledad y el número uno imperan, el código de existencia más poderoso que es el artista es rebasado por la ausencia de infinitas palabras y susurros de los libros en su bohemia casa costera.


El insaciable cerebro empieza entonces a elucubrar las frígidas combinaciones de su laboratorio loco. Y el nuevo yo que se había generado es devorado por el erotismo.


Finalmente entramos en el espacio donde nos espera el amado en el sueño. Lugar donde al místico y al republico les espera detrás, la eternidad.