Autor: Manuel Avilés

Fotografía de Carolina Roca

Cuando yo estaba en el colegio  – Franco era cabo, había incluso dinosaurios por las calles y los cromagnones no habían conseguido aún eliminar a los neandertales, fíjense si hace tiempo de eso-, los curas se empeñaban en leernos durante las comidas lo que ellos llamaban libros edificantes. En el estudio no se podía leer. Eran unos tíos raros aquellos curas. Pensaban que leer no era estudiar y mucho más si leías libros “peligrosos”. A mi me cayó una buena porque me “pillaron” leyendo “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja. No sé exactamente qué me cayó por esa herejía, pero yo estaba acostumbrado a estar castigado la mayor parte del tiempo y no me causaba mayor problema un castigo más. Los castigos reiterados hicieron que durante todo el colegio suspendiera siempre la conducta y la aplicación además de otra asignatura que no he visto jamás en ningún sitio salvo allí: la piedad. Esa la di por perdida , como a mi chica y como Sabina: “volviéndome loco, derrochando la bolsa y la vida, la fui poco a poco, dando por perdida”. 

El cura, mi padre prefecto  -lean si quieren “Cuarenta años de cárcel. Sin redención”-  era un hombre bueno y rígido, un educador. Una víctima igual que yo. El creía que Dios le hablaba y cuando le dejé claro que a mi no me decía nada, montó en cólera. Ahí empezaron las frustraciones con determinadas clases de personas, que a día de hoy no han dejado de sucederse una vez detrás de otra: traiciones a porrón, utilizaciones maquiavélicas, arrastramientos tras el poder, farsantes teatreros que no son lo que parecen ni de lejos y pelotas dispuestos a todo por subir un nivel en la administración. Estuvieron bien los siete años de colegio interno. Se aprende mucho y me sirvieron luego para mi trabajo de tantos años como espía etarrólogo.

Retomo el discurso, que se me ha ido la bola. Uno de los libros que nos leían los curas, como libros imprescindibles para la formación era “Cierto olor a podrido” de Martín Vigil, un cura jesuita, que hablaba de lo que olía podrido en nuestra sociedad con el mundo, el demonio y la carne como grandes enemigos. Al final este cura salió del armario y no sé si se fue o lo echaron de los jesuitas. 

Lecturas inútiles y obligadas como Vigil, Tihamer Toht, el padre Claret, el Kempis, Tú y él, Tú y ella, en el que se aconsejaba que uno buscara novia entre las amigas de la propia hermana para seguir consolidando la estabilidad de las clases sociales. Esas lecturas me hicieron un tipo desconfiado y observador, fijándome como si fuera gilipollas, pero sin serlo del todo. Si Zapatero, al que conocí mucho antes de que fuera presidente, en mi condición de etarrólogo, si me hubiera llevado de asesor, no le habría pasado esto.

El colegio me enseñó algo, la universidad muy poco, la cárcel muchísimo más. Los presos tienen un consignan que se saltan muchas veces y  por eso caen. Si tienes que hacer un “trabajo” hazlo solo porque “todas las juntas rezuman”. Tres tipos o catorce, o dieciocho se juntan y programan un negocio, un trabajo, un choriceo. Lo primero que se exigen unos a otros es seriedad y secreto: esto queda aquí, de aquí no sale, somos hombres, nos vestimos por los pies. De ahí vienen miles de veces lo que la policía llama genéricamente “ajustes de cuentas”. Se chivan, se van de la “mui” o  – como ahora se ha rebautizado- te hacen un Aldama. Es “La condición humana”  – no me meto en el ensayo de Hanna Arendt y sí en la novela de Malraux que reflexiona sobre la soledad ante el destino, la maldad del poder político y la dignidad humana ante la adversidad. O sea, si te pillan, tienes que hacer frente con un par y no andar llorando por las esquinas. Ya saben la canción gilipollesca: y tu bailando, bailando, bailando y yo llorando, llorando, llorando  – poned vosotros la música o preguntad a Koldo y Ábalos o a Cerdán-. Prohibido llorar por los cuernos.

Una de las mayores falsedades que he visto en mis años de cárcel ha sido la infidelidad supina que proviene de todos los sitios: te querré siempre, nunca te olvidaré, mi boca esta sellada, por ti…lo que haga falta. Y te ponen los cuernos a la primera de cambio, que  te das la vuelta por cualquier pueblo y si conoces a fondo a los personajes, aquello parece más la ganadería de Victorino o de Mihura que un pueblo andaluz, castellano, catalán o vasco.

Zapatero era íntimo amigo de Julito. Tan pronto sentaron a Julito en el banco de la Audiencia Nacional, se fue de varilla cantando hasta el coro de los esclavos, el Va pensiero de Verdi. En cualquier causa penal  – cuarenta años de cárcel me avalan- el lema es: Sálvese quien pueda. ¿De dónde creen que se inventaron los fiscales lo de la colaboración con la Justicia?

Otra cosa que he visto muchas veces en mi vida carcelaria y etarróloga: cuando un tío cree que puede salvarse busca a un abogado penalista. Ya saben, busque usted eximentes, atenuantes, intente que el homicidio sea preterintencional, que sea imprudente… pero si sabe que el marrón le llega hasta el pescuezo – hablo de cárcel en general no de ningún acusado concreto- busca un procesalista que ponga pegas: no hay autorización judicial para volcar el móvil, la cadena de custodia, las escuchas telefónicas no se hicieron legalmente, etcc…. Abogado procesalista, como el que yo estudiaba, sin aprender nada en aquella época antigua. Un libro de Tirant Lo Blanch creo que de Gimeno Sendra y Moreno Catena.

¿Cómo creen que se salvaron  De Juana Chaos, Artola Ibarreche, Esteban Nieto, Arantxa Zulueta y Txemi Gorostiza, de que les cayeran unos años de talego cuando planearon matarme a mi en los locutorios de Alcalá Meco?  Se salvaron por el Derecho procesal, porque el plan de pegarme dos tiros estaba clarísimo. Algún día, si no palmo antes, habrá que contarlo.

Zapatero ha vuelto a la televisión. Grave error. No sé cómo el abogado ha dejado que lo haga. No ha dicho nada. Como dicen los presos en la cárcel. “se ha puesto en negativa”, pero los jueces están muy acostumbrados a eso, lo mismo que no les gusta que sus casos se aireen en los medios   ni en las tertulias. La opinión pública, con suerte, se puede usar para presionar y a este juez me parece que esa presión social no le importa mucho.

Yo estoy con Felipe González. Compartí conferencia y cena con Zapatero y lo conozco como todos. Me asombró su ascendencia sobre Sánchez, más listo y más maquiavélico que él  – maquiavélico no es insulto sino todo lo contrario- sin levantarse de la cama. No veo a Zapatero capaz de organizar una trama mercantil, financiera, empresarial e internacional tan compleja como Análisis envolvente. Perdón, Análisis competente. Perdón, Análisis mercante. Perdón, Análisis estresante. Ya me he liado.

No sé por qué escribo todo esto. El calor me está afectando. Como poco y me mantengo a base de Alhambra verde  – por cierto los tíos de la Alhambra ya podían estirarse que llevo años haciéndoles propaganda gratis y mandarle una caja de Alhambra y un jamón a un jubilado está considerado obra de caridad y no cohecho. Además eso no tendré que demostrarlo ni habrá que hacer peritación como si fuera un diamante. Me lo pienso beber rápido antes de que venga la UCO. 

Aquí estoy, a la sombra de un molino quijotesco, con los pies en una palangana y con un abanico que he comprado a una mora mientras desayunaba. Nada de abanico de los chinos, pura artesanía por diez euros.