La historia que comenzó bajo el Palacio Real de Madrid

CRONOLOGÍA
711
Las tropas musulmanas, dirigidas por Tariq ibn Ziyad, cruzan el Estrecho de Gibraltar e inician la conquista de gran parte de la Península Ibérica.
860
El emir Muhammad I ordena construir la fortaleza de Mayrit, origen de la actual ciudad de Madrid.
1085
Alfonso VI conquista Mayrit e incorpora la ciudad al Reino de Castilla.
1734
Un incendio destruye el antiguo Alcázar de Madrid. Sobre sus restos se levantará el actual Palacio Real.
1912
Se establece el Protectorado español en el norte de Marruecos.
1921
El Desastre de Annual marca uno de los episodios más graves de la historia militar española.
1936
Comienza la Guerra Civil española. El Ejército de África cruza el Estrecho con apoyo de la Alemania de Adolf Hitler y la Italia de Benito Mussolini.
1956
Marruecos obtiene su independencia. España pone fin al Protectorado, aunque mantiene Ceuta, Melilla y otros territorios.
1975
La Marcha Verde precipita la retirada española del Sáhara Occidental.
2021
La crisis migratoria de Ceuta pone de manifiesto el uso de la presión fronteriza como instrumento de tensión diplomática entre España y Marruecos.
2026
Las nuevas presiones migratorias en Ceuta reabren el debate sobre la seguridad fronteriza, la cooperación bilateral y el valor estratégico del Estrecho de Gibraltar.
Aquí empieza este relato:
Hay investigaciones que nacen de un documento. Otras, de una fotografía. La mía comenzó mucho antes, cuando apenas era una niña.
Quizá no fue una casualidad. En mi biografía siempre he mencionado mis raíces fenicias y árabes, heredadas de una familia profundamente vinculada al Mediterráneo: mi padre era murciano y mi madre cartagenera. Tal vez por eso, desde muy pequeña, sentí una curiosidad especial por todo aquello que unía las dos orillas de ese mar que ha sido puente de civilizaciones durante miles de años.
Mucho antes de que yo naciera, mi abuelo viajaba con frecuencia a Madrid por motivos de negocios y, durante la temporada taurina, aquellos desplazamientos se convertían casi en una tradición familiar, pues era un gran aficionado a la tauromaquia. Años antes de la Guerra Civil adquirió las antiguas viviendas de los porteros de dos edificios gemelos en la calle de Alcalá y las transformó en una única residencia familiar. El resultado fue un impresionante ático, con una gran terraza que rodeaba todo el perímetro de ambas fincas, muy cerca de la plaza de toros de Las Ventas.
Tras la Guerra Civil, aquella casa adquirió un significado aún más profundo para mi familia. Durante los años en que mi padre estuvo en prisión, allí vivieron mi madre y mis hermanos junto a mi tía Paca, hermana de mi padre, y su marido. Aquella vivienda se convirtió en un refugio para todos.
Cuando yo nací, mis abuelos ya no vivían allí. Mis padres me enviaban con frecuencia a pasar las vacaciones a casa de mis tíos. Decían que el cambio de aires me sentaba bien, porque era una niña muy delgada. Ellos no tuvieron hijos y me acogían con un cariño inmenso. En aquella casa fui inmensamente feliz.
Aquella fue también mi primera relación con Madrid.
Recuerdo caminar de la mano de mi padre por las calles de la capital hasta llegar al Palacio Real. Mientras contemplábamos aquel enorme edificio, me dijo una frase que jamás he olvidado…
—«Debajo de este palacio hubo una fortaleza musulmana.»
Aquellas palabras despertaron una pregunta que me ha acompañado toda la vida.
¿Cómo era posible que el símbolo de la monarquía española se levantara sobre los restos de una fortaleza de Al-Ándalus?
Mientras investigaba la relación histórica entre España y Marruecos a raíz de la crisis de Ceuta hace una semana, comprendí que aquella pregunta de mi infancia seguía esperando una respuesta.
Y fue entonces cuando decidí comenzar este viaje hacia los orígenes de una historia que empezó hace más de once siglos, cuando Madrid aún se llamaba Mayrit.

Aquellas palabras quedaron grabadas en mi memoria infantil.
Con el paso de los años no dejé de preguntarme si aquel relato era cierto. ¿Qué había realmente bajo el Palacio Real? ¿Quiénes construyeron aquella fortaleza? ¿Cómo era posible que el corazón de la monarquía española descansara sobre los cimientos de una ciudad fundada por los omeyas de Córdoba?

Esa curiosidad fue creciendo con el tiempo.
Años después, ya de adulta, quise comprobar si aquella historia que mi padre me contaba en mi infancia era cierta. Visité el lugar acompañada por un guía que me mostró los restos de la antigua fortaleza en aquellos magníficos jardines y me explicó su historia. Aquella visita no hizo más que despertar una curiosidad que permanecería latente durante años
Descubrí que la historia entre ambos pueblos no comienza con la inmigración, ni con el Protectorado, ni siquiera con Franco.
Hoy sabemos que esta historia comenzó hace aproximadamente 1.170 años, cuando una pequeña fortaleza llamada Mayrit fue levantada sobre una colina junto al río Manzanares.”
Fue entonces a raíz del último artículo: “CEUTA NO ES UN GASTO. ES UNA LLAVE Cuando la geopolítica vale más que un presupuesto” cuando decidí iniciar esta investigación.
Porque, a veces, para comprender el presente basta con escuchar aquella voz que un día, siendo niña, me señaló un lugar y despertó en mi la curiosidad por conocer la verdad.

ASÍ COMIENZA ESTA HISTORIA:
La historia de España y Marruecos no comenzó con la inmigración del siglo XXI.Ni siquiera con el Protectorado español en el norte de África. Para comprender la relación entre ambos países hay que retroceder unos 1.170 años. hasta los cimientos sobre los que hoy se levanta el Palacio Real de Madrid.
Muy pocos españoles saben que bajo uno de los edificios más emblemáticos del país permanecen los restos de una fortaleza musulmana construida en el siglo IX. Allí nació Mayrit, una pequeña plaza militar que acabaría convirtiéndose en la capital de España.
Donde hoy se alza un palacio, ayer hubo una fortaleza
Para comprender por qué bajo el actual Palacio Real de Madrid existió una fortaleza musulmana, hay que retroceder hasta el año 711, cuando las tropas musulmanas, formadas mayoritariamente por bereberes del norte de África, cruzaron el estrecho de Gibraltar y conquistaron gran parte de la Península Ibérica.
Hacia el año 860, el emir omeya Muhammad I de Córdoba ordenó construir una fortaleza militar junto al río Manzanares para reforzar la defensa de la frontera norte de Al-Ándalus frente al avance de los reinos cristianos.
Aquel enclave, rodeado por murallas y habitado por soldados, artesanos y comerciantes, recibió el nombre de Mayrit, origen de la actual ciudad de Madrid. Durante más de dos siglos fue una pieza clave en la defensa del territorio andalusí y el punto donde comenzó una historia que, más de once siglos después, sigue uniendo a España y Marruecos.
La conquista cristiana no borró su pasado
En 1085, el rey Alfonso VI conquistó Madrid. Sin embargo, lejos de destruir la fortaleza musulmana, decidió aprovecharla. Sus murallas y edificaciones continuaron utilizándose y, con el paso de los siglos, fueron ampliándose hasta convertirse en el Alcázar de Madrid, residencia de los reyes de Castilla y, más tarde, de la Casa de Austria.
El antiguo Alcázar permaneció en pie hasta la noche del 24 de diciembre de 1734, cuando un devastador incendio lo destruyó casi por completo.
Fue el rey Felipe V, primer monarca de la dinastía Borbón, quien ordenó levantar sobre sus ruinas el actual Palacio Real de Madrid, una de las mayores residencias reales de Europa.
Es decir, el símbolo de la monarquía española se levanta exactamente sobre el mismo lugar donde hace 1.170 años comenzó la historia de Madrid como ciudad.
Todavía hoy, las excavaciones arqueológicas conservan restos de aquella fortaleza islámica y de la antigua muralla que protegía Mayrit.
Un estrecho que nunca separó dos mundos
Con frecuencia se presenta el Estrecho de Gibraltar como una frontera entre Europa y África. Sin embargo, durante siglos fue precisamente lo contrario: un puente.
Personas, mercancías, ejércitos, comerciantes, culturas, religiones y conocimientos cruzaron continuamente sus apenas catorce kilómetros de distancia.
España y Marruecos han convivido durante más de un milenio compartiendo guerras, alianzas, comercio, influencias culturales y también conflictos.
Esa historia común explica por qué muchos de los acontecimientos actuales no pueden entenderse sin mirar hacia atrás.
Y uno de esos episodios tendría lugar varios siglos después, cuando un joven oficial español decidió construir toda su carrera militar al otro lado del Estrecho.

FRANCO EN ÁFRICA: EL INICIO DE UNA TRAGEDIA
Cuando Francisco Franco desembarcó en Marruecos por primera vez, apenas tenía veinte años. España atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia colonial y el norte de África se había convertido en un escenario permanente de guerra.
Aquella experiencia marcaría para siempre su vida y, décadas después, también el destino de España.
Una guerra olvidada
Tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, España buscó mantener su influencia internacional conservando su presencia en el norte de Marruecos.
En 1912, Francia y España establecieron el Protectorado sobre Marruecos. A España le correspondió administrar la zona norte, una región montañosa habitada por numerosas tribus rifeñas que nunca aceptaron fácilmente la ocupación extranjera.
La resistencia acabaría desembocando en uno de los conflictos más duros del ejército español: la Guerra del Rif.
Entre 1920 y 1927 murieron miles de soldados españoles en un conflicto extremadamente violento que puso en jaque al Estado español.
El desastre de Annual
El 22 de julio de 1921 se produjo una de las mayores derrotas militares de la historia contemporánea de España.
En apenas unos días, el ejército español perdió entre ocho y diez mil hombres durante el llamado Desastre de Annual, provocado por la ofensiva dirigida por el líder rifeño Abd el-Krim.
España quedó conmocionada.
La opinión pública exigía responsabilidades y el prestigio del ejército quedó gravemente dañado.
Fue entonces cuando comenzó a destacar un joven comandante llamado Francisco Franco.
La Legión
Un año antes del desastre se había creado una nueva unidad militar inspirada en la Legión Extranjera francesa.
Su nombre oficial era el Tercio de Extranjeros, aunque muy pronto pasó a ser conocido simplemente como La Legión.
Este capítulo de la historia también tiene un significado muy personal para mí. Mi hermano menor, Cuco, sirvió como legionario, mientras que mis otros dos hermanos realizaron el servicio militar en Ceuta y Melilla. Mis padres me llevaron a las tres juras de bandera, convirtiendo aquellos viajes en algunos de los recuerdos más intensos de mi infancia.
La primera vez que pisé aquellas tierras aún no había cumplido los seis años. Recuerdo el viaje en coche hasta Jerez y, desde Algeciras, la travesía en barco hacia Ceuta. A lo largo de mi vida he regresado en numerosas ocasiones, primero con el padre de mi hija y después con amigos. Esos viajes me permitieron conocer de cerca Ceuta y Melilla, aunque no ha sido hasta ahora, tras esta investigación, cuando he comprendido plenamente su enorme importancia histórica, geopolítica y estratégica para España.
Su fundador fue el teniente coronel José Millán-Astray.
Franco se convirtió rápidamente en uno de sus oficiales más brillantes. A veces me pregunto si fue precisamente en aquellas campañas de África, marcadas por una violencia extrema, donde comenzó a forjarse la personalidad del hombre que años después dirigiría una guerra fratricida y una larga dictadura caracterizada por una dura represión.
Su capacidad de organización, disciplina y sangre fría durante el combate le hicieron ascender con una rapidez extraordinaria.
En 1926, con solo treinta y tres años, fue nombrado el general más joven de Europa.
EL EJÉRCITO DE ÁFRICA
Mientras España seguía con preocupación la Guerra del Rif, Francisco Franco comprendió que en el norte de Marruecos se encontraba la fuerza militar mejor preparada del país.
El Ejército de África estaba formado principalmente por dos cuerpos: La Legión, integrada mayoritariamente por españoles, y los Regulares, soldados marroquíes reclutados en el Protectorado español, entrenados y dirigidos por oficiales españoles.
Curtidos durante años de combate, aquellos hombres se convertirían, sin saberlo, en la fuerza decisiva de la Guerra Civil española
EL EJÉRCITO DE ÁFRICA Y EL CAMINO HACIA LA GUERRA CIVIL
La experiencia africana marcó profundamente la carrera militar de Franco. Allí aprendió una forma de combatir basada en la disciplina, la rapidez y la ofensiva permanente. También consolidó la confianza de muchos oficiales y soldados que años después volverían a ponerse bajo su mando.
En julio de 1936, un grupo de generales se sublevó contra el Gobierno de la Segunda República, convencido de que el golpe de Estado triunfaría en pocos días. Sin embargo, el país quedó dividido y aquella insurrección terminó convirtiéndose en una guerra civil.
Franco comprendió enseguida que el éxito de la sublevación dependía del Ejército de África. Pero existía un gran obstáculo: miles de legionarios y Regulares permanecían al otro lado del Estrecho de Gibraltar, mientras la Marina republicana controlaba buena parte de las aguas.
Para trasladarlos a la Península solicitó ayuda a la Alemania de Adolf Hitler y a la Italia de Benito Mussolini. Los aviones alemanes Junkers Ju 52, junto con el apoyo italiano, hicieron posible un puente aéreo considerado por muchos historiadores como el primero de gran envergadura de la historia militar moderna.
Aquella operación permitió transportar miles de soldados, armamento y suministros, cambiando el rumbo de la guerra desde sus primeros meses.

¿Y SI FRANCO HUBIERA FRACASADO?
Como investigadora, no puedo evitar hacerme una pregunta.
¿Qué habría ocurrido si Franco no hubiera conseguido trasladar el Ejército de África? ¿Y si la ayuda de Hitler y Mussolini nunca hubiera llegado?
Nunca podremos saberlo.
Lo que sí sabemos es que el apoyo de ambas dictaduras fascistas resultó decisivo durante los primeros meses de la Guerra Civil. Sin aquella ayuda, el desarrollo del conflicto probablemente habría sido muy diferente.
Como española, me cuesta comprender que un militar recurriera al apoyo de la Alemania de Adolf Hitler y la Italia de Benito Mussolini para imponer por las armas un nuevo régimen en su propio país. Aquella decisión internacionalizó la Guerra Civil y abrió el camino a casi cuarenta años de dictadura.
Mi propia familia, como tantas otras, sufrió las consecuencias de aquella guerra. Recuerdo que, siendo niña, cada vez que Franco aparecía en televisión ya en los años 60 mis padres la apagaban inmediatamente. Nadie decía una palabra. El silencio lo decía todo. En mi barrio, además, mi casa era la única que tenía televisión y mis amigos subían a verla. Hoy comprendo que aquel silencio también formaba parte de la historia de España.
Por eso, más que preguntarnos cómo habría sido España sin Franco, quizá la verdadera pregunta sea otra:
¿Cuánto talento, cuántas vidas y cuántas oportunidades perdió nuestro país durante aquellos años?

LOS REGULARES: LOS SOLDADOS MARROQUÍES DEL EJÉRCITO ESPAÑOL
Con el paso de los años, los Regulares quedaron reducidos en la memoria colectiva a una expresión: «los moros de Franco». Sin embargo, la realidad histórica es mucho más compleja.
Los Regulares no fueron creados por Franco, sino por el Ejército español en 1911, durante el Protectorado de Marruecos. Eran soldados marroquíes reclutados por España, dirigidos por oficiales españoles, uniformados por el Ejército español y pagados por el Estado español.
Muchos procedían de familias humildes del Rif y se alistaban porque el ejército les ofrecía un salario estable, alimento y una oportunidad de mejorar su situación. Otros seguían la tradición militar de sus familias o la autoridad de los jefes locales que colaboraban con la administración española.
No combatían en nombre de Marruecos, que aún no era un Estado independiente. Combatían como integrantes de un ejército colonial español.
Su experiencia en la Guerra del Rif los convirtió en una de las tropas más eficaces del Ejército de África y, durante la Guerra Civil, participaron en algunas de las operaciones más importantes del avance del bando sublevado.
Su fama también fue utilizada como arma psicológica. La propaganda republicana exageró en ocasiones su imagen para sembrar el miedo entre la población civil, mientras que la propaganda franquista los presentó como soldados prácticamente invencibles para reforzar la moral de sus propias tropas.
Como ocurrió en ambos bandos durante la Guerra Civil, hubo crímenes, represalias y abusos contra la población civil. La labor del historiador consiste en diferenciar los hechos documentados de los relatos construidos por la propaganda.
Terminada la guerra, muchos Regulares regresaron al Protectorado español y otros continuaron sirviendo en el Ejército hasta la independencia de Marruecos en 1956. Su historia quedó prácticamente olvidada, pese a haber desempeñado un papel decisivo en uno de los episodios más dramáticos de la historia de España.
DEL PROTECTORADO A LA ACTUALIDAD
La victoria de Franco en 1939 no puso fin a la presencia española en el norte de África.
Desde 1912, España administraba el Protectorado del norte de Marruecos, mientras Francia controlaba la mayor parte del país. Durante más de cuatro décadas convivieron una administración española y una población marroquí que conservó su lengua, su religión y sus tradiciones.
En 1956, Marruecos alcanzó su independencia. España devolvió el Protectorado, pero mantuvo Ceuta, Melilla, las plazas de soberanía y el Sáhara Español.
Poco después estalló la Guerra de Ifni (1957-1958), y en 1975, mientras Franco agonizaba, la Marcha Verde marcó la retirada española del Sáhara Occidental, un conflicto cuya solución sigue pendiente.
Desde entonces, Ceuta y Melilla continúan siendo motivo de discrepancia entre España y Marruecos. Sin embargo, ambos países también mantienen una intensa colaboración en seguridad, comercio, inmigración y lucha contra el terrorismo.

Cada crisis que hoy se produce en el Estrecho no surge de la nada. Es el resultado de más de un milenio de relaciones, conflictos, acuerdos e intereses compartidos entre las dos orillas del Mediterráneo.
REFLEXIÓN FINAL
Comencé esta investigación intentando comprender la relación entre España y Marruecos a raíz de la crisis de Ceuta. Sin embargo, cuanto más avanzaba en los documentos, más comprendía que aquel episodio no podía explicarse únicamente desde la actualidad.
Las fronteras no nacen de un día para otro. Tampoco los conflictos.
Detrás de cada decisión política existen siglos de historia, intereses estratégicos, conquistas, alianzas, derrotas y cambios de poder.
He descubierto que el Palacio Real de Madrid se levanta sobre una antigua fortaleza musulmana; que durante siglos España y el norte de África compartieron una historia común; que Franco construyó su carrera militar en Marruecos; que el Ejército de África fue decisivo en la Guerra Civil y que, aún hoy, Ceuta y Melilla continúan siendo un punto de encuentro y de fricción entre dos países condenados a entenderse.
Como periodista y como ciudadana, no pretendo reescribir la Historia ni imponer una interpretación única. Mi único propósito ha sido acercarme a los hechos con respeto, contrastar las fuentes y formular preguntas que, en demasiadas ocasiones, han quedado ocultas entre la propaganda, los silencios y las pasiones políticas.
Comprender el pasado no significa justificarlo. Significa aprender de él.
Porque un pueblo que desconoce su historia corre el riesgo de repetir sus errores.
EPÍLOGO
Cuando hoy paseo por la Plaza de Oriente y contemplo el Palacio Real, ya no veo únicamente la residencia de los reyes de España.
Bajo aquellos cimientos imagino la antigua Mayrit, la fortaleza que el emir Muhammad Imandó construir hace más de once siglos para defender la frontera de Al-Ándalus.
Pienso en los soldados que la protegieron, en los reyes que la conquistaron, en las generaciones que levantaron una ciudad sobre otra y en cómo la Historia nunca desaparece: simplemente queda enterrada bajo nuevas piedras.
Quizá por eso sigo recordando las palabras que mi padre me dijo siendo una niña, mientras contemplábamos aquel lugar.
—«Debajo de este palacio hubo una fortaleza musulmana.»
Aquella frase despertó una curiosidad que me ha acompañado toda la vida.
Hoy, después de recorrer más de mil años de historia, creo haber encontrado la respuesta que buscaba. Y también he comprendido que España no puede explicarse sin Roma, sin los visigodos, sin Al-Ándalus, sin los reinos cristianos, sin América, ni sin el norte de África.
Nuestra historia no pertenece a un solo pueblo. Es el resultado del encuentro de muchas civilizaciones.
Y quizá esa sea la mayor lección de esta investigación:
La Historia no puede cambiarse. Pero sí puede comprenderse. Y quizá esa sea la única manera de evitar que los errores del pasado vuelvan a escribirse en el futuro.





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