Durante el mes de julio estaba haciendo un curso intensivo en una autoescuela para recuperar cuatro puntos del carné de conducir. Eran dos tardes completas y, en una de aquellas clases, llegó el psicólogo.

Recuerdo especialmente aquella sesión porque insistió mucho en la enorme cantidad de personas que mueren en España como consecuencia de los accidentes de tráfico. Incluso puso como referencia a países como Finlandia, donde las cifras de siniestralidad decía ser mucho menores.
Ahí levanté la mano. Le dije que, evidentemente, los muertos en carretera son demasiados. Cada muerte es una tragedia y detrás de cada cifra hay una familia y una vida que ya no vuelve. Eso es innegable. Pero también le dije algo que considero fundamental cuando hablamos de estadísticas: los números hay que ponerlos en contexto y compararlos.
No se puede comparar alegremente la siniestralidad de países con poblaciones diferentes, volúmenes de turismo radicalmente distintos y hábitos de movilidad y exposición a la carretera también diferentes. España no es Finlandia. Tenemos millones de turistas, una enorme movilidad interna y un uso muy intenso de las carreteras durante todo el año.
Mi argumento, por tanto, no era que las muertes en carretera fueran pocas o muchas. Era otro: para saber la dimensión real de un problema hay que comparar sus cifras con otras causas que también provocan muertes.
Y aquella conversación terminó dejándome una pregunta en la cabeza: ¿Cuántas personas mueren en España como consecuencia del calor? No tenía ni idea. Hasta ahora.
Entre el 15 de mayo y el 24 de agosto de 2026, el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III estima 5.030 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas.
Ahora hagamos una comparación. En ese mismo periodo, los fallecidos en carretera se sitúan en torno a los 400. Con todas las cautelas metodológicas que exige la comparación, la diferencia resulta difícil de ignorar: la cifra de fallecimientos atribuibles al calor multiplica por 12 o 13 la de muertos en carretera durante un periodo prácticamente equivalente.
Y entonces vuelvo a aquella frase que dije en la autoescuela: los números hay que relativizarlos y compararlos. Porque quizá el problema no sea que prestemos demasiada atención a las muertes en carretera. Quizá el problema sea que prestamos demasiado poca atención a otras causas de mortalidad.
¿Dónde están las grandes campañas de prevención frente al calor? ¿Dónde están los miles de mensajes diarios? ¿Dónde están las campañas de televisión en horario de máxima audiencia dirigidas específicamente a nuestros mayores y a las personas más vulnerables? ¿Dónde está la misma intensidad institucional que vemos cada verano cuando se pone en marcha la maquinaria de la seguridad vial?
No estoy diciendo que no haya que controlar el alcohol al volante. Ni las drogas. Ni la velocidad. Ni el uso del teléfono móvil. Ni las conductas peligrosas. Todo eso es necesario, pero no podemos fijar la atención solo en los unos y no en los otros. Lo que cuestiono es la proporcionalidad de nuestras políticas preventivas de seguridad, restringiendo nuestra libertad.
Todo sabemos que cualquier conductor puede encontrarse durante un desplazamiento con controles de alcoholemia, controles de drogas, radares, cámaras, vehículos camuflados, helicópteros y operaciones especiales de tráfico. Y me parece perfecto cuando esas medidas estén plenamente justificadas. Pero, al mismo tiempo, el calor, que este verano ha estado asociada a miles de fallecimientos es mucho menos visible en nuestra cultura preventiva, sin que se hayan dado explicaciones todavía por ello.
La cuestión no es elegir entre seguridad vial y prevención frente al calor. La cuestión es preguntarnos si estamos colocando suficientes recursos allí donde existe un riesgo real y mucho mayor para la vida.
El artículo 43 de la Constitución reconoce el derecho a la protección de la salud y establece que corresponde a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública mediante medidas preventivas y prestaciones y servicios necesarios.
Medidas preventivas… Prevenir no consiste únicamente en sancionar al que incumple una norma. También significa anticiparse al riesgo. Y si sabemos que las temperaturas extremas pueden provocar miles de muertes, especialmente entre personas mayores y otros colectivos vulnerables, la prevención debería ocupar un espacio proporcional a la dimensión del problema. Hacer lo contrario sería una temeridad.
Me gustaría ver campañas permanentes y contundentes frente al calor extremo. Que nuestros mayores supieran qué hacer cuando se alcanzan determinados niveles de temperatura. Que las familias recibieran información clara sobre cómo proteger a una persona vulnerable. Que en centros de mayores, residencias, colegios, centros de trabajo y espacios públicos existiera una verdadera cultura preventiva frente a las temperaturas extremas.
Y exactamente lo mismo deberíamos preguntarnos respecto de otras causas de mortalidad que también reciben, en ocasiones, una atención pública inferior a la dimensión real del problema, como los suicidios o los atragantamientos o los ahogados.
Porque hemos convertido al conductor en uno de los grandes protagonistas de las políticas de prevención porque es una presa relativamente fácil de controlar. Tiene una matrícula. Tiene un permiso. Puede ser parado. Puede ser sancionado. Una infracción puede convertirse inmediatamente en una multa, una pérdida de puntos o una estadística.
Pero el calor no tiene matrícula. No se puede parar. No se puede multar. No se puede someter a un control de alcoholemia. Y, sin embargo, las personas mueren en muchísima mayor medida.
No pretendo enfrentar a los muertos de la carretera con los muertos por calor. No existe una muerte más importante que otra. Pretendo enfrentar algo diferente: ordenar prioridades y no criminalizar las carreteras.
Cuando una administración decide dónde coloca sus recursos, qué campañas realiza, qué riesgos explica y qué conductas persigue con mayor intensidad, está haciendo una elección. Y esa elección debería estar respaldada por los datos, no únicamente por la costumbre, la facilidad para sancionar o la inercia de campañas que llevan décadas repitiéndose.
Aquel día de julio, en aquella autoescuela, yo hablaba de los muertos en carretera sin conocer este dato.
Por eso, la próxima vez que vea un control de alcoholemia, un radar o un coche de la Guardia Civil de Tráfico, no voy a preguntarme si ese control es necesario. Probablemente lo sea. Voy a preguntarme algo mucho más incómodo: Si tenemos recursos para vigilar tanto al conductor, ¿por qué no tenemos la misma determinación para proteger a quien se está muriendo de calor?
Porque quizá la verdadera seguridad no consiste solamente en controlar aquello que podemos sancionar. Quizá consiste, sobre todo, en prevenir aquello que más vidas se está llevando.





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