Autor: Javier Quirce 

Hay películas que cuentan una historia y películas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en una forma de pensar la historia. El hombre que mató a Liberty Valance, dirigida por John Ford en 1962, pertenece a la segunda categoría. Vista desde la sensibilidad de Javier Quirce, la película puede leerse como una tragedia sobre la construcción de las leyendas, el nacimiento de la democracia y la necesidad humana de convertir la violencia en mito.

Ford no está interesado únicamente en averiguar quién mató a Liberty Valance. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué necesita una sociedad creer para poder avanzar?

Ransom Stoddard llega al Oeste creyendo en la ley. Es un hombre formado en los libros, convencido de que la palabra escrita puede sustituir a la violencia. Pero Shinbone pertenece todavía a un mundo anterior al Estado moderno. Allí la ley no está en los códigos: está en las armas.

Liberty Valance representa precisamente ese mundo.

No es solamente un villano. Es la supervivencia de una época en la que el poder pertenece al hombre que puede imponerlo físicamente. Frente a él aparece Stoddard, que representa la llegada de las instituciones, los tribunales, la prensa y la política.

Sin embargo, Ford introduce una paradoja devastadora: la civilización nace sobre una mentira.

Stoddard cree haber matado a Valance. El espectador descubre después que quien realmente efectuó el disparo fue Tom Doniphon. El héroe oficial es, por tanto, un héroe construido.

Y aquí comienza la verdadera grandeza moral de la película.

Doniphon podría haber reclamado la gloria. Podría haber destruido la carrera política de Stoddard. Podría haber contado la verdad.

No lo hace.

Su sacrificio permanece oculto.

Desde una perspectiva quirciana, Doniphon es quizá el personaje más trágico de la película: el hombre que hace posible el nacimiento de un nuevo mundo y es inmediatamente expulsado de él.

Stoddard obtiene la gloria.

Hallie elige a Stoddard.

La sociedad recuerda a Stoddard.

Doniphon queda reducido al olvido.

La tragedia no consiste solamente en que Doniphon pierda a la mujer que ama. Consiste en algo mucho más profundo: pierde su lugar en la historia.

Por eso la película contiene una de las reflexiones más inquietantes del cine sobre la memoria colectiva. La sociedad no siempre conserva lo que ocurrió. Conserva aquello que necesita recordar.

El periodismo, la política y la memoria pública transforman un acontecimiento violento en una leyenda fundacional.

El asesinato de Liberty Valance se convierte en el nacimiento simbólico de una democracia.

Y Stoddard se convierte en héroe porque su sociedad necesita que exista un héroe.

Ahí reside la modernidad de Ford.

La película no afirma ingenuamente que la mentira sea buena. Tampoco afirma que la verdad sea suficiente. Su conclusión es mucho más incómoda: las sociedades construyen sus mitos porque necesitan símbolos capaces de justificar el mundo que están creando.

El Oeste desaparece y nace América.

Pero el precio de esa transformación es un hombre olvidado.

Tom Doniphon es el cadáver enterrado bajo la estatua de la civilización.

Y quizá por eso El hombre que mató a Liberty Valance no es realmente un western.

Es una película sobre el final del western.

Ford filma el momento exacto en que el hombre armado deja paso al político, el pistolero al abogado, la violencia a la institución y la memoria individual a la historia oficial.

Pero también nos recuerda algo terrible:

cuando la leyenda se convierte en historia, la verdad puede convertirse en una amenaza.

Stoddard vive con esa amenaza durante décadas.

Ha ganado.

Pero su victoria tiene algo de derrota.

Porque sabe quién fue realmente el hombre que mató a Liberty Valance.

Y sabe también que el hombre que hizo posible su propia vida pública murió sin recibir reconocimiento.

En ese sentido, la película puede contemplarse como una reflexión profundamente existencial: ¿qué valor tiene una vida cuando nadie recuerda el sacrificio que la hizo posible?

Ford no ofrece una respuesta.

Simplemente deja que el tren se marche.

Y con él desaparece un mundo.

Queda la leyenda.

Queda el senador.

Queda la estatua.

Queda la historia oficial.

Y, debajo de todo ello, permanece Tom Doniphon.

El hombre que realmente disparó.

El hombre que perdió.

El hombre que nadie recuerda.

Quizá esa sea la verdadera tragedia de Liberty Valance.

No que la mentira venciera a la verdad.

Sino que la verdad no necesitara vencer para ser verdadera.

Y esa es, probablemente, la razón por la que la película de John Ford continúa siendo una de las grandes obras maestras del cine: porque entiende que la historia no siempre la escriben los vencedores.

A veces la escriben los que necesitan olvidar a los vencidos.