SÉPTIMO ARTE

© Universal Pictures / Robert Stigwood Organization – Jesus Christ Superstar (1973)
Hay películas que envejecen. Otras se transforman. “Jesucristo Superstar” (1973) hace algo más extraño: se adelanta. Cada vez que la revisas, parece hablar de un mundo que aún no existía cuando se rodó. Y, quizá por éso, sigue siendo tan fértil para el análisis. No es sólo un musical sobre la Pasión. Es un ensayo visual sobre la fama, un comentario político, un estudio psicológico y una crítica a la institución religiosa. Basada en la obra homónima compuesta por Tim Rice (letra y libreto) y Andrew Lloyd Webber (música), la película arranca con un gesto que lo cambia todo: un grupo de actores llega en un autobús para representar la historia. No hay intento de ocultar el artificio. Al contrario: la película te recuerda constantemente que estás viendo una representación. Ese marco convierte a Jesús en algo más que un personaje bíblico: lo convierte en un icono mediático. La cámara lo trata como a una estrella de rock (de hecho, Ian Gillan, líder de la banda Deep Purple, estuvo a punto de protagonizarla). La multitud sigue a quien consideran el Mesías como si fuera un fenómeno viral. Los apóstoles se comportan como fans que exigen contenido nuevo. Y Judas, lúcido y desesperado, es el único que entiende el peligro de convertir a un hombre en un símbolo. La película anticipa la cultura de la celebridad: Jesús sería una marca, los milagros, un espectáculo y la fe, una especie de droga emocional, y todo ello concebido muchas décadas antes de que existieran las redes sociales. Rodada en Israel, entre ruinas reales y con estética militar contemporánea, la película que firmó Norman Jewison convierte la Pasión en una historia de insurgencia ante la opresión. No hay decorados de cartón piedra: hay desierto, polvo, botas militares, ametralladoras, aviones que parecen ángeles… La ocupación romana se siente moderna, casi documental. En este contexto, Jesús (Ted Neeley) no es sólo un líder espiritual: es un revolucionario pacifista atrapado entre dos fuegos. Judas (Carl Anderson) teme que el innegable carisma de su Maestro desate una represión brutal. Los sacerdotes (Caifás y Anás) actúan como estrategas políticos obsesionados con mantener el control social. El pueblo, desesperado, busca un salvador que les devuelva la dignidad. La película, sin decirlo explícitamente, habla de cualquier conflicto donde un pueblo oprimido busca una salida. Y lo hace con una claridad que sorprende tratándose de un musical. Porque, si algo distingue a esta versión de la historia, es su humanidad. Aquí, Jesús no es un ser sobrenatural: es un hombre cansado, abrumado por las expectativas de los demás; su “¿Por qué me elegiste a mí?” es el grito de alguien que ya no puede sostener el peso del mito que otros han construido sobre él. Judas, por su parte, no es un villano: es un individuo atemorizado que se desmorona intentando hacer lo que cree necesario. Su traición es un acto desesperado, casi sacrificial, para evitar un desastre mayor. María Magdalena (Yvonne Elliman) es la única que percibe, y trata de aliviar, el desgaste emocional del líder. Los apóstoles, en cambio, son dependientes, infantiles, incapaces de ver al hombre detrás del icono. La película, sin necesidad de psicología explícita, retrata el coste emocional de ser el centro de un movimiento que ya no controlas. Lo más fascinante es que, a pesar del tremebundo revuelo que se formó en el momento de su estreno, acusándola de blasfemia y herejía, “Jesucristo Superstar” consigue ser respetuosa con Jesús, aunque, éso sí, crítica con la institución religiosa. Elimina milagros, elementos sobrenaturales y hasta la Resurrección. Humaniza a Jesús hasta límites incómodos para el dogma. Presenta a los sacerdotes como políticos, no como guías espirituales. La película separa con claridad la figura de Jesús, humana, vulnerable, luminosa, de la maquinaria del poder religioso, fría, calculadora, interesada. Es una obra que desmonta la religión sin atacar la espiritualidad. Y eso la hace única. “Jesucristo Superstar” no envejece porque nunca fue un relato cerrado. Es un espejo. Y cada época —y cada espectador— ve en él algo distinto. Hoy, en un mundo obsesionado con la fama, polarizado políticamente, saturado emocionalmente y desconfiado de las instituciones, la película resuena más que nunca. No porque hable del pasado, sino porque habla de nosotros mismos y de un Hombre a quien, seas o no creyente de una religión concreta, es difícil no admirar y no considerarlo una auténtica superestrella. Que, además, canta de maravilla.

© Universal Pictures – Fotograma promocional de Jesus Christ Superstar (1973)





Deja un comentario