Hay libros cuya fama convierte al texto en un clásico imprescindible en cualquier biblioteca, El extranjero es uno de ellos. A lo largo de los años se ha comentado que se trata de la “gran novela del absurdo”. Sin embargo, debemos preguntarnos si, más allá de su prestigio, la novela posee todas las características que necesita para ser el clásico que es, o si es un nuevo boom del existencialismo entre los lectores.
El argumento es ampliamente conocido: Meursault, hombre taciturno, es avisado de la muerte de su madre, cuya muerte no altera apenas su estado de ánimo; tampoco afecta a sus relaciones amorosas ni a sus amistades. Arrastrado por circunstancias en las que participa más por inercia que por voluntad, termina involucrado en una muerte.

La primera parte de la novela se construye mediante escenas cotidianas, observaciones concretas, calor, playa, cansancio, oficinas, comidas, etc. Todo parece insignificante, hasta que comete el asesinato; ahí empieza la segunda parte, que desplaza la acción hacia el encierro y el juicio, donde se revela el gran debate de la novela: ¿la sociedad juzga solo actos, o la forma de vivir del ser humano? Meursault comparece menos como criminal que como hombre incapaz de interpretar el papel sentimental que se espera de él.
La clave de la novela reside en su voz narrativa. Meursault cuenta en primera persona con una prosa directa, casi administrativa, como si registrara hechos sin jerarquizarlos moralmente: el entierro de la madre, una jornada de trabajo, una propuesta amorosa y una tragedia. Esa neutralidad produce extrañeza y obliga al lector a llenar los huecos emocionales. Camus entendió que una filosofía podía encarnarse no solo en ideas, sino también en la escritura.
Sin embargo, tiene sus puntos débiles. La insistencia en ese tono plano, deliberadamente impasible, puede derivar en monotonía. Lo que en las primeras páginas resulta novedoso acaba por volverse previsible. Meursault fascina como figura conceptual, pero no siempre convence como personaje de carne y hueso. Importa más por lo que representa que por la complejidad humana que despliega.
Se ha alabado la sinceridad de Meursault. No miente cuando debería mentir, no exagera sentimientos que no posee, no pide perdón en los términos convencionales. Pero la novela es más compleja cuando deja abierta la duda ¿esa franqueza es una forma superior de lucidez o simplemente una pobreza afectiva? Debemos tener en cuenta que no toda autenticidad es admirable. A veces, la incapacidad de fingir no nace del valor, sino de la indiferencia y de lo antihumano.

También conviene releerla desde el contexto colonial que durante mucho tiempo se dejó en segundo plano. La Argelia en la que transcurre no es un mero decorado, sino una sociedad marcada por jerarquías imperiales. Que ciertos personajes carezcan de nombre propio, como sería “el moro”, no es un detalle menor, muestra la intención del autor dentro de una sensibilidad histórica concreta y con significado propio dentro de ese contexto.
Desde un lado filosófico, El extranjero concentra las creencias de Camus como, por ejemplo, la falta de sentido, el choque entre el deseo humano de hablar y el silencio del mundo, la necesidad de asumir una existencia arbitraria. Al final de la novela el personaje parece entonces hablar menos desde sí mismo, dejando paso a el pensamiento del propio Camus.
Incluso cuando parece que esté programado, conserva momentos de gran lucidez. Pocas novelas han sabido transformar el clima en destino con tanta maestría. Cuando al final Camus abandona la abstracción y mira hacia lo sensorial, el libro recupera toda su energía.
Las lecturas clásicas no son textos perfectos, son libros que continúan generando preguntas nuevas y representando momentos cruciales. El extranjero persiste porque obliga a pensar en la sociedad, en la culpa, en el juicio de los otros y en la posibilidad de algo imposible. Sigue siendo necesaria porque genera en el lector la incomodidad que se sentía la primera vez que se publicó en 1942.

François Ozon realizó en 2025 una nueva adaptación de la novela. Me atrevería a afirmar que se trata de una de las versiones más fieles llevadas al cine. La película de 1967 estaba muy lograda, pero Ozon logra capturar la poética que Camus insinuaba entre líneas.
A través de una cuidada composición en blanco y negro y de las expresiones contenidas del joven Benjamin Voisin, la película despierta en el espectador aquello que el joven Camus perseguía con su brillante novela.
“Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía.”





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