Autor: Enrique Vaque

Hay libros que envejecen. Y hay libros que no envejecen porque describen algo que tampoco envejece. El Dinero, publicada por Émile Zola en 1891 como parte de su ciclo de los Rougon- Macquart, pertenece a esta segunda categoría. No es una novela histórica. Es un espejo. Y lo que devuelve ese espejo, más de ciento treinta años después, resulta difícil de mirar sin cierta incomodidad.


Lo que más llama la atención cuando uno se adentra en sus páginas no es la prosa — aunque sea formidable—, ni la arquitectura narrativa de Zola, sino algo mucho más perturbador: lo poco que ha cambiado la forma en que el gran mundo financiero especulativo hace dinero. La maquinaria es la misma. Solo han cambiado los nombres en la puerta y el código de área del teléfono.

El protagonista de la novela, Aristide Saccard, es un especulador nato, un hombre capaz de levantar castillos de humo con la misma facilidad con que otros levantan castillos de piedra. Funda el Banco Universal, promete rendimientos extraordinarios a inversores que solo quieren creer, y construye su pirámide sobre el entusiasmo ajeno y la fe —esa fe ciega que el dinero sabe despertar mejor que cualquier religión—. El mecanismo es sencillo y eterno: captar el dinero de los ilusos prometiendo lo que no existe, sostener el edificio con nuevas aportaciones, y abandonar el barco —o no— antes de que se hunda.


¿Les suena? Debería.


Bernard Madoff sostuvo durante décadas el mayor esquema Ponzi de la historia con exactamente el mismo combustible que Saccard: la codicia del inversor y la promesa de ganancias que desafiaban cualquier lógica del mercado. Elizabeth Holmes convenció a Silicon Valley y a medio mundo de que una gotita de sangre podía diagnosticar cientos de enfermedades, vendiendo humo con la convicción de quien cree —o finge creer— en su propio mito. Y más cerca de nosotros, Mario Conde levantó un imperio bancario sobre el prestigio prestado, las influencias cultivadas y una audacia que muchos confundieron durante demasiado tiempo con talento genuino.


Zola los retró a todos. Con ciento treinta años de antelación.

Pero El Dinero va más allá del fraude financiero. Lo que hace grande a Zola es que no se conforma con describir el mecanismo: disecciona el ecosistema completo. Los grandes vicios que rodean al capital son, en la novela, exactamente los mismos que rodean a los escándalos contemporáneos: el juego compulsivo, el vicio en todas sus formas y, acaso lo más sombrío, la depredación sexual que siempre aparece en los márgenes del poder cuando el poder cree —con razón, a veces— que no hay consecuencias. La impunidad no es un invento moderno. Es una consecuencia estructural de la acumulación extrema de riqueza.

Existe un proverbio chino que dice: si alguien te engaña una vez, la vergüenza es para él; si te engaña dos veces, la vergüenza es para ti. Yo empiezo a sentir vergüenza. No como individuo —ninguno de nosotros le confió sus ahorros a Madoff ni invirtió en Theranos— sino como especie. Como civilización que lleva más de un siglo leyendo a Zola, conociendo la historia, viendo cómo se repite el ciclo con una puntualidad casi cómica, y aun así, en cada generación, aparece una nueva hornada de inversores dispuestos a creer que esta vez es diferente, que este hombre —o esta mujer— ha encontrado la fórmula.


No la han encontrado. Nunca la encuentran. Porque la fórmula que Zola describió no es una anomalía del sistema de la especulación: es el sistema.


El Dinero debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas de negocios del mundo. No como advertencia. Como manual de reconocimiento. Para aprender a identificar a Saccard antes de que abra su banco, antes de que reparta sus folletos llenos de cifras deslumbrantes, antes de que nos mire a los ojos con esa mezcla característica de convicción y desprecio hacia quien le escucha.


Zola lo vio todo. El problema es que nosotros seguimos sin querer ver.