Autor: Luis Campoy

SEPTIMO ARTE

Hay directores que ruedan películas y directores que moldean la memoria colectiva. Steven Spielberg pertenece a esa segunda especie: la de los narradores que no solo cuentan historias, sino que construyen mitologías. Ante el estreno de El día de la revelación, su nueva incursión en la ciencia ficción, vuelve esa mezcla de expectación y recelo que solo él es capaz de generar. Expectación porque hablamos del cineasta que definió la infancia de medio planeta; recelo porque su carrera, tan deslumbrante como irregular, últimamente oscila peligrosamente entre la genialidad y la sensiblería.

Sus inicios fueron humildes, casi clandestinos, en series de televisión donde ya se intuía su instinto narrativo. En ColumboGalería nocturna aprendió a tensar el suspense, a mover la cámara como si fuera un personaje más, a sugerir más que mostrar. Ese aprendizaje explotó en 1975 con Tiburón, el primer blockbuster veraniego de la historia. Un rodaje infernal, un tiburón mecánico que no funcionaba y un director joven que, contra todo pronóstico, reinventó la relación del público con el cine. Desde entonces, el verano pertenece a Spielberg.

Su mirada hacia lo desconocido siempre fue luminosa. Mientras otros imaginaban extraterrestres hostiles, él los imaginó como mensajeros de paz. Encuentros en la tercera fase es un canto a la comunicación; E.T. es la película que más lágrimas ha provocado sin necesidad de violencia. Spielberg convirtió la ciencia ficción en un refugio emocional, en un espacio donde la inocencia todavía era posible.

En los ochenta redefinió la aventura con Indiana Jones, un héroe vulnerable, torpe, humano, que se caía, sangraba y tenía miedo a las serpientes. Con él, Spielberg demostró que la aventura no es solo acción, sino ritmo, humor, carisma y un sentido del espectáculo que nadie ha vuelto a igualar. Y cuando parecía que ya lo había hecho todo, resucitó a los dinosaurios en Parque Jurásico, una mezcla prodigiosa de animatronics y CGI que cambió para siempre la tecnología cinematográfica. La primera aparición del braquiosaurio sigue siendo uno de los momentos más puros de asombro que ha dado el cine.

Pero Spielberg no se conformó con ser el rey del entretenimiento. En los ochenta y noventa buscó la madurez con El color púrpuraEl imperio del sol y, sobre todo, La lista de Schindler, una obra que trasciende el cine para convertirse en un acto moral. Y cuando parecía que ya había tocado techo, filmó Salvar al soldado Ryan, cuyo desembarco de Normandía redefinió el cine bélico con una crudeza que aún hoy resulta insoportable.

El siglo XXI ha sido más irregular. Ha firmado obras brillantes como Minority ReportMunich o Los Fabelman, pero también tropiezos sonoros como La Terminal o Mi amigo el gigante. Spielberg es un maestro, sí, pero también un maestro con debilidades: su tendencia al azúcar, su inclinación a subrayar emociones, su necesidad casi paternal de proteger al espectador. Esa mezcla de virtudes y defectos lo hace profundamente humano.

Y luego está John Williams, su cómplice eterno. Sin él, E.T. no despegaría, los dinosaurios no despertarían y Indiana Jones no sería más que un arqueólogo con sombrero. Williams convierte las imágenes de Spielberg en mitología sonora. Juntos han construido un imaginario que pertenece ya a la historia del arte.

Por eso El día de la revelación llega envuelto en una emoción especial. Queremos que sea grande, que sea memorable, que sea Spielberg en estado puro. Pero también tememos que vuelva el Spielberg más blando, el que se deja llevar por la nostalgia y la lágrima fácil. Esa tensión entre la ilusión y la duda es, en realidad, la prueba definitiva de su grandeza: seguimos esperando sus películas como si fuéramos niños.

Spielberg es el ilusionista definitivo del cine. Un hombre imperfecto que ha creado mundos perfectos. Un narrador que ha sabido capturar la infancia, el miedo, la aventura, la pérdida y la esperanza. Mientras siga estrenando películas, mientras siga encendiendo esa chispa de asombro, mientras siga recordándonos por qué amamos el cine, el Cine seguirá vivo.