Autor: Luis Campoy

Aunque hoy nos parezca poco menos que increíble, una de las películas que más asociamos con la Navidad, Jungla de cristal, llegó a los cines norteamericanos un 15 de Julio de hace ahora 38 años.  Su génesis es curiosa, sobre todo por el nombre de quien debía haber sido su protagonista: nada menos que Frank Sinatra.  Todo comenzó 22 años antes, en 1966, cuando se estrenó la película El detective, que Sinatra protagonizó.  El autor de la novela en la que se basó aquella cinta, Roderick Thorp, perpetró una tardía continuación nuevamente protagonizada por el mismo personaje, el policía Joe Leland, y 20th Century Fox, que aún detentaba los derechos, quiso llevarla también a la pantalla, lógicamente con el mismo protagonista. 

 Pero Sinatra se negó, argumentando que ya no estaba para aquellos trotes, y, como nadie podía oponerse a los deseos del Viejo Ojos Azules, so pena de recibir una cabeza de caballo dentro de una caja (esto es broma, ¿eh?… ¿o no…?) el guión acabó en un cajón hasta que a un ejecutivo de Fox se le ocurrió retomar ese argumento como base para una secuela de Commando, en la que tampoco quiso involucrarse el protagonista original de aquélla, Arnold Schwarzenegger.  Finalmente, el productor Joel Silver tuvo acceso al manuscrito y se dio cuenta de que una historia tan buena (mezclaba Harry el sucio con El coloso en llamas con un toque de Cuento de Navidad) no podía quedar inédita, así que encomendó al guionista Jeb Stuart que transformara sutilmente la historia y los personajes.  Así, Joe Leland pasó a llamarse John McClane y ya no pretendía rescatar a su hija Stephanie sino a su mujer Holly, la compañía propietaria del rascacielos en el que ocurre la acción ya no se llamaría Klaxon Oil sino Nakatomi y el nombre del líder de los villanos rotaría de Anton a Hans (Gruber).  El guión definitivo, que acabaría de pulir Steven E. De Souza, mantuvo la ambientación navideña del libro pero añadió humor, humanidad y un subtexto romántico que reforzaba la lucha del protagonista por recuperar el amor de su esposa. La elección del reparto fue decisiva: Bruce Willis, inicialmente descartado por su apretada agenda televisiva, pudo incorporarse gracias a un parón en las grabaciones de su serie Luz de lunaAlan Rickman, descubierto en teatro, ofreció un Hans Gruber tan sofisticado como letal, hoy considerado uno de los grandes villanos del cine. 

 El rodaje utilizó el edificio Fox Plaza como la Torre Nakatomi y apostó por efectos físicos, transparencias y pinturas mate que otorgaron una autenticidad visual inusual en el género. Michael Kamen compuso la banda sonora, complementada con fragmentos de Aliens y Bala blindada, y el director John McTiernan (que había cautivado a Silver con Depredador) impuso el uso del Himno a la alegría, guiño directo a La naranja mecánica.  Estrenada en pleno verano de 1988, Jungla de cristal compitió con gigantes como Rambo III o ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, pero aun así recaudó 140 millones de dólares y cimentó la figura de Willis como héroe de acción. Aunque los Oscar la ignoraron, la crítica y el público reconocieron pronto su calidad excepcional.  El film destaca por su guion minucioso, que otorga identidad propia a cada personaje —desde el sargento Powell hasta el chófer Argyle o el arrogante Ellis— y por un protagonista vulnerable, irónico y profundamente humano. McClane sangra, duda y se equivoca, lo que lo convierte en un héroe cercano. Frente a él, Hans Gruber encarna la maldad inteligente y calculada, un antagonista cuya elegancia contrasta con su brutalidad.  Más allá de explosiones y tiroteos, Jungla de cristal es una lección de ritmo, construcción dramática y carisma cinematográfico. Su célebre “Yippee-ki-yay, motherfucker” (en España, “Yipi-Ka-Yei, hijo de puta”) resume la esencia de un personaje y de una película que, lejos de ser un simple blockbuster, se ha ganado un lugar indiscutible en el Olimpo del cine moderno.