Autora: Pilar Alda

Caminando entre las calles del casco viejo de Cádiz, llegue a las puertas de la joyería Rivera. Crucé la puerta con el propósito de llevarme un recuerdo de la ciudad, pero acabé llevándome un tesoro. 

Allí me encontré con Juan José, joyero desde los dieciocho años. Con un don increíble para el manejo de la plata, llegando a crear el mítico mango del bastón del poeta Antonio Gala. 

Desde el primer minuto empezamos a conversar con ese arte que tanto define a los gaditanos; entre canciones de los Beatles y medallas de vírgenes salió a la luz el tema de la literatura, ya que estaba teniendo lugar la 41ª Feria del Libro en Cádiz y motivo principal de mi visita a la ciudad. 

Juan me habló del poeta, Ignacio Rivera Podestá; Pariente cercano, y que ha sido todo un descubrimiento para mí. Juntos empezamos a leer poemas, entre ellos “Coplas a Juan Panadero” un poema satirizante y lleno de crítica hacia Rafael Alberti, que tiempo después se convertirían ambos en grandes amigos.

No creas, Juan Marinero,  no es negra de calamar  la tinta de mi tintero. Ni azul ni roja. Ni tan  siquiera verde – no sé-. Si acaso color del pan. 

Pan en paz., tierno, caliente,  ese pan que amasa el hombre  con el sudor de su frente.” (Coplas a Juan Panadero – Ignacio Rivera P.)

También descubrí su talento para escribir columnas, como “A la Cabiria”, donde Ignacio nos habla de la historia de una pobre mujer que habitaba las calles de Cádiz en 1986.

En nuestra corta pero estimulante conversación pude comprobar que a veces solo necesitamos escuchar, abrir los ojos y rescatar lo que el tiempo olvida. Juan es de esas personas que ama vivir, y ama lo que hace. Entre sus dedos hay restos de plata, pero cuando hablas con él, acabas descubriendo que él es una gran mina de oro.  

Dentro de esa joyería histórica, la joya no estaba entre las vitrinas, se encuentra tras el mostrador o tras su mesa de trabajo, fabricando sueños y canciones en plata. 

 En mi cuello llevo a diario una de sus medallas, también mi abuela y mi madre, pero cuando miro con detalle solo puedo recordar esa tarde de principios de junio.  

Mira bien a Ignacio Rivera. 

Pudo ser lacayo del rey  negro, o ser pastor del buey  y de la mula calesera. 

Y prefirió con qué hidalguía,  ser carbonero de poesía. Así es Ignacio Rivera.” 

(Villancico para Ignacio Rivera – José Luis Tejada)