Autor: Luis Campoy

La Odisea llega como una de esas superproducciones que parecen querer reconciliar al público con la épica clásica. No es una adaptación revolucionaria del poema de Homero, pero sí una lectura contemporánea que combina respeto por el mito y concesiones a la sensibilidad actual. Desde el primer momento se nota: por fin, en el doblaje español, el héroe vuelve a ser Odiseo y no Ulises, un detalle que agradece cualquiera que haya leído el texto original.

La película apuesta por una puesta en escena monumental. La fotografía es poderosa, la música envuelve y las secuencias de acción —algunas con un tono cercano al terror— están rodadas con una energía que sorprende. El vestuario juega con anacronismos deliberados que, lejos de molestar, aportan una estética híbrida entre lo mítico y lo simbólico. No busca reconstruir la Grecia antigua: busca evocarla.

Hay decisiones discutibles, como el diseño del caballo de Troya, espectacular pero poco verosímil. Esa postura rampante, casi una cita visual a la Estatua de la Libertad del Planeta de los Simios al ser visualizado medio enterrado en la arena, resulta más llamativa que lógica. En otras versiones, el caballo tenía ruedas y su traslado era más creíble; aquí, la metáfora pesa más que la coherencia.

El reparto ofrece resultados desiguales. Tom Holland no termina de convencer como un Telémaco juvenil, y Zendayaqueda atrapada en un registro demasiado ingenuo. En cambio, Anne Hathaway, Charlize Theron y Samantha Mortonsostienen la película con interpretaciones sólidas y llenas de matices. Las concesiones inclusivas son evidentes, pero no rompen el tono general; funcionan como parte del paisaje hollywoodiense actual.

Lo más sorprendente es el ritmo. Las casi tres horas se deslizan con una fluidez admirable, sin caídas ni rellenos. La película mantiene el interés de principio a fin, y remata con un desenlace ambiguo que recuerda al de El caballero oscuro: La leyenda renace: un final que no se sabe si pertenece al mundo real o al territorio del sueño, y que encaja perfectamente con la naturaleza mítica del relato.

Sin ser perfecta, La Odisea es un regreso convincente a la épica tradicional, una película que combina espectáculo, emoción y una lectura contemporánea del mito. Una obra que demuestra que los grandes relatos siguen vivos cuando se narran con ambición y con respeto por su origen.