Autora: Lola Gutiérrez

                 

Si hay que mencionar a una mujer peculiar y entrañable, se dibuja en mi memoria con una claridad sorprendente María del Rosario Beriso Terrer, conocida cariñosamente como «La Charito». Fue, sin lugar a dudas, uno de esos personajes que dejan una huella imborrable en lo cotidiano de una ciudad. Cartagena tuvo el privilegio de ser el escenario donde «La Charito» desplegó su singularidad y vivió una existencia que, aunque marcada por desafíos, fue un verdadero testimonio de esos que dejan huella.

Charito nace en Valencia un 11 de febrero de 1919. Siendo muy pequeña, a su padre lo trasladan a Cartagena y toda la familia se instala en la ciudad portuaria. Charito va creciendo y cursa estudios en el colegio San Miguel y, más tarde, en el Liceo francés. Era una mujer culta, leía muchísimo, hablaba otros idiomas al igual que varios dialectos de árabe que aprendió en su etapa africana; la carrera militar de su padre la trasladó a Sidi-Ifni cuando ella tenía unos 16 años. Aquella etapa fue espléndida, llena de fiestas, de amigos y, cómo no, de sus adorados baños. Allí, en la costa africana, forjó su conexión profunda y casi espiritual con el mar, una relación que se mantuvo viva hasta el final de sus días.

Regresa a Cartagena años después y comienza la Guerra Civil. Charito pasa los tres años de conflicto en casa de unos familiares en Los Dolores. Su tío había construido un refugio antiaéreo bajo una cama y allí se metían todos cuando comenzaban los bombardeos. Su tía Adelaida se enojaba con ella por dejarle las sábanas sucias; la ropa de cama limpia era un bien escaso en esos duros momentos. Por esa época, Charito se untaba el cuerpo de achicoria para parecer bronceada, dejando como resultado las sábanas de color marrón.

Cuando a su padre, don Alfonso, lo retiran del ejército, la familia se instala definitivamente en la calle Jara. El cabeza de familia se dedica en sus ratos libres a dar clases particulares de matemáticas para estudiantes, incluso opositores militares de carrera. Charito no encajaba en la vida cartagenera; el entorno era duro con ella, con sus constantes critiqueos, por su manera libre de vivir y ver la vida. Echaba de menos el mar; su padre le consigue un pase militar con el que podía bañarse todos los días en la batería de San Leandro. Con el paso de los años, después del cierre, Charito cambió la ubicación de su baño a los bloques de San Pedro.

A Charito le gustaba la ropa, el buen comer; así transcurre su vida, entre su mar, sus Martini, sus vermuts y sus cubalibres que tomaba en los bares de copas que frecuentaba, sobre todo en el Portalón y la cafetería del casino en la calle Mayor. También le gustaba escribir, se carteaba con muchísima gente; recibía correo de todas partes del mundo y siempre respondía las misivas. Charito era conocida por su conversación chispeante y su carácter directo, siempre dejando claro que valoraba su independencia; poco le importaba que la miraran para burlarse de su aspecto. Adoraba las pelucas, tenía una habitación llena de ellas, siempre castañas y rubias, de pelo corto y largo, pero nunca lució una peluca morena. Su vida era el reflejo de un espíritu libre, de alguien que se negaba a encajar en los moldes impuestos por una sociedad que a menudo no sabía cómo manejarla.

De fuerte personalidad y estilo de vida poco convencional, «La Charito» se convirtió en un personaje fascinante y, para muchos, entrañable. Su figura, siempre dorada por el sol del Mediterráneo, era inconfundible. La gente la veía caminar con decisión, luciendo su particular forma de vestir, que hablaba más de comodidad y autenticidad que de tendencias. Era, por un lado, admirada por sus decisiones y singularidad, pero también fue objeto de burlas y críticas de aquellos que no comprendían su forma de ser. A pesar de ello, nunca permitió que los comentarios negativos apagaran su esencia.

Charito llega a la octava década de su vida, enferma y es trasladada al hospital de marina; pocos días después es dada de alta. Obviamente no podía estar sola, tenía ochenta y un años y necesitaba estar cuidada. Una prima y su hija le piden cita en una residencia donde su madre estuvo pagando grandes sumas de dinero para que Charito, llegado el momento, pudiera estar debidamente atendida. Inmediatamente le niegan la entrada, alegando que no disponía de las características adecuadas para dicha residencia. Lo intenta de nuevo en una residencia militar de mayores; el resultado es mucho peor, las damas de la junta no autorizan su ingreso en la residencia. Esas buenas mujeres no dan el visto bueno; según ellas, Charito no era digna de entrar, aun siendo hija de militar. Aquí queda al descubierto la hipocresía cartagenera de esos años. Logran ingresarla en una residencia en Canteras, pero allí no era feliz; no la dejaban pintarse, ni siquiera la dejaban usar su propia ropa. El armario era comunitario; aquello fue un duro golpe para ella. No estuvo mucho tiempo en aquel encierro; enferma de nuevo y tras ser llevada al hospital, fallece el 24 de julio del año 2000. Tristemente, al entierro de Charito no acudió nadie, tan solo esas dos familiares que se preocuparon todo el tiempo de ella.  Seguro que, allá donde esté, Charito tararea “Háblame del Mar Marinero”.