
Spiderman es mi héroe. O bueno, mi superhéroe. Lo ha sido desde aquel día de 1974 en que, con apenas once años, abrí un tebeo de Ediciones Vértice que llevaba en la portada un inquietante “Historias gráficas para adultos”. Desde entonces, Peter Parker ha sido mi compañero de vida, mi vecino y casi mi espejo. Quizá por eso, por esa fidelidad de décadas, siempre he sido especialmente exigente con sus adaptaciones cinematográficas.
El Spiderman que yo conocí —el de Stan Lee y Steve Ditko, el del tímido adolescente que sufría acoso escolar, el del chico que cargaba con la culpa por la muerte de su tío Ben— era un héroe construido desde la responsabilidad, no desde el espectáculo. Su grandeza no residía sólo en trepar muros o lanzar telarañas, sino en entender que “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Esa frase no era un adorno: era el corazón del personaje.

Por eso, cuando en 2017 llegó el Spiderman de Tom Holland, algo no me encajó. Marvel, Disney y Sony decidieron modernizar al héroe para no repetir lo que ya habían contado en las cinco películas anteriores de Tobey Maguire y Andrew Garfield. El resultado fue un Peter Parker más superficial, más dependiente y menos atormentado. Un joven tutelado por Tony Stark/Iron Man, beneficiado por trajes y gadgets que él no había creado, obsesionado con unirse a los Vengadores y arropado por una Tía May rejuvenecida y algo sexualizada que nada tenía que ver con la anciana frágil que representaba el peso emocional de su vida. El problema no era solo estético: era estructural. En esta versión, el tío Ben no existía. Y sin él, sin su muerte, sin la culpa que define al personaje, el Spiderman de Holland parecía moverse por ambición, por impulso juvenil, por deseo de pertenecer. Su entorno tampoco ayudaba: MJ en nada se asemejaba a la pelirroja casquivana de los orígenes, Ned Leeds era un sidekick adolescente, Flash Thompson y Betty Brant resultaban irreconocibles y el Buitre apenas era una sombra del villano del tebeo. Todo ello me hacía sentir que ese Spiderman no era el que yo había amado durante décadas. Era entretenido, sí. Pero no era mi Spiderman.
Pero algo cambió en No Way Home (2021). En esa película, por primera vez, el Spiderman de Tom Holland se enfrentó a algo que hasta entonces le había sido negado: la tragedia personal. La muerte de la Tía May —convertida aquí en la figura que transmite el famoso lema moral— devolvió al personaje su núcleo emocional. El hechizo del Doctor Extraño, que borraba la identidad de Peter Parker de la memoria de todos, lo dejó solo, sin amigos, sin apoyo, sin tecnología Stark, sin red de seguridad. Por primera vez, Holland interpretaba a un Peter Parker desnudo de artificios, obligado a crecer, a asumir su culpa, a cargar con su responsabilidad. Por primera vez, era el Peter Parker que yo reconocía. Ese final, con el héroe confeccionando un traje rudimentario, viviendo en un apartamento humilde y enfrentándose al mundo sin más ayuda que su propia voluntad, fue el verdadero renacimiento del personaje.

Con la recién estrenada Spiderman: Brand New Day podría decirse que, ahora sí, ha vuelto el héroe que llevábamos años esperando. Este “nuevo” Spiderman vive atormentado por la culpa, se siente solo, actúa movido por la responsabilidad y luce un traje hecho a mano que recuerda a los primeros cómics. Sus movimientos, su lenguaje corporal, incluso la forma en que transmite emociones a través de la máscara, revelan a un Tom Holland más maduro, más contenido, más Parker que nunca. La película no es perfecta —ninguna lo es—, pero respira fidelidad, cariño y respeto por el material original. Recupera personajes clásicos como la Capitana DeWolff, mejora los efectos visuales, ofrece team-ups que funcionan (como el de Hulk) y, esta vez sí, consigue que Zendaya encaje como una MJ que aporta luz a la soledad del héroe.
Brand New Day no sólo es una buena película: es la confirmación de que Tom Holland, por fin, es Spiderman. Ya no es esa versión ligera, dependiente y desvirtuada del héroe que me acompañó desde la infancia. La evolución del personaje —su caída, su pérdida, su renacimiento— ha permitido que Holland alcance, por fin, la esencia que define al Trepamuros desde 1963. Hoy me atrevo a decirlo sin reservas: el Spiderman de Tom Holland ya es el Spiderman que yo quería ver: el que entiende que la culpa es motor, que la responsabilidad es destino y que ser héroe nunca fue una cuestión de gadgets, sino de carácter.





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