Hubo un tiempo en que las tardes de verano parecían no terminar nunca. No porque fueran mejores, ni porque nosotros supiéramos vivirlas con una sabiduría que después hemos perdido, sino porque sencillamente eran largas. Terriblemente largas en ocasiones. La persiana permanecía a medio bajar para impedir que entrara aquel sol de agosto que parecía dispuesto a incendiar los muebles, el ventilador giraba con una obstinación inútil, removiendo el mismo aire caliente de la habitación, y desde la calle llegaba de vez en cuando el ruido de una persiana metálica, una motocicleta lejana o la voz de alguna madre que llamaba a su hijo desde un balcón. Poco más. Había horas en las que verdaderamente no pasaba nada. Uno podía tumbarse en la cama, mirar una mancha del techo hasta encontrarle forma de isla, coger una revista que ya había leído dos veces, asomarse a la ventana, regresar, beber agua, volver a tumbarse y preguntar cuánto faltaba para que fueran las siete, como si las siete constituyeran una frontera detrás de la cual comenzaría por fin la vida. Esperábamos que bajara el calor, que llamara algún amigo, que alguien propusiera bajar a la calle. Y mientras todo eso ocurría, o mejor dicho, mientras no ocurría absolutamente nada, nos aburríamos. Nos aburríamos muchísimo. Resulta curioso que hoy recuerde aquellas horas con cierta ternura, porque entonces habría dado cualquier cosa por hacerlas desaparecer. La memoria es así de tramposa: termina perfumando incluso aquello de lo que quisimos escapar.

No quiero convertir aquellos años en una patria perdida. Desconfío bastante de quienes recuerdan su juventud como si el mundo hubiera empezado a estropearse justamente después de que ellos dejaran de ser jóvenes. El pasado también tenía silencios insoportables, domingos interminables, televisores con dos cosas que ver y tardes en las que uno habría vendido media infancia a cambio de que sucediera algo. No éramos mejores. No teníamos una relación más pura con la existencia. Sencillamente había momentos que no podían llenarse. Y quizá ahí estuviera la diferencia. El aburrimiento no era una elección espiritual ni una técnica de bienestar. Llegaba. Se sentaba a nuestro lado sin pedir permiso y no había demasiadas formas de echarlo. Había que convivir con él. Hoy, en cambio, hemos alcanzado algo que seguramente aquel niño tumbado bajo el ventilador habría considerado un milagro: hemos conseguido que casi nunca tengamos que aburrirnos. Llevamos en el bolsillo música, películas, amigos, desconocidos, juegos, noticias, discusiones, fotografías, mapas, libros, vídeos y medio planeta hablando al mismo tiempo. Podemos entrar en la vida de alguien situado a diez mil kilómetros mientras esperamos que llegue el ascensor. Podemos saber qué ha desayunado una persona a la que jamás conoceremos antes de que termine de calentarse nuestro café. Hemos derrotado al vacío. Y, sin embargo, convendría preguntarse si todas las victorias merecen celebrarse.
Basta observarnos un día cualquiera. Hay un gesto que se repite constantemente y que ya ni siquiera advertimos. Estamos esperando el autobús y sacamos el teléfono. Alguien se retrasa cinco minutos y sacamos el teléfono. Nos sentamos solos en una terraza y, antes de que venga el camarero, buscamos algo que mirar. El semáforo tarda demasiado. El teléfono. Una cola avanza despacio. El teléfono. Aparecen dos minutos muertos antes de una reunión. El teléfono. Llegamos a la cama cansados, apagamos la luz y todavía necesitamos unos minutos más de mundo antes de quedarnos solos con la oscuridad. Ni siquiera caminamos necesariamente en silencio: llevamos música, una conversación, una entrevista, un podcast, algo que nos acompañe. Incluso viendo una película puede aparecer esa pequeña ansiedad que lleva la mano hacia otra pantalla, como si una sola historia ya no bastara para ocuparnos. Hemos aprendido a rellenar cualquier rendija por la que pudiera colarse la nada. Ya no esperamos: hacemos algo mientras esperamos. Ya no paseamos necesariamente: aprovechamos para escuchar algo. Ya no comemos solos: dejamos que alguien hable delante de nosotros desde una pantalla. El silencio ha dejado de ser un estado natural para convertirse casi en un fallo de cobertura.

Y entonces aparece la pregunta que verdaderamente me interesa. ¿Qué nos ocurre para que necesitemos que esté pasando algo constantemente? Quizá llevemos años respondiéndonos demasiado deprisa. Decimos que estamos enganchados a los teléfonos, que las redes sociales nos han atrapado, que las aplicaciones están diseñadas para reclamar nuestra atención. Y todo eso tendrá su parte de verdad. Pero culpar únicamente a una pantalla resulta demasiado cómodo, porque nos permite convertirnos en víctimas de un aparato al que, por alguna razón, seguimos entregándonos gustosamente. Puede que muchas veces no busquemos entretenimiento. Puede que busquemos interrupción. Que algo interrumpa la espera, el pensamiento, el silencio, la pequeña conversación que uno empieza a mantener consigo mismo cuando alrededor deja de suceder cualquier cosa. Hay silencios que descansan, pero también existen silencios que preguntan. Y las preguntas, cuando son nuestras, tienen la incómoda costumbre de conocer exactamente dónde duele.
El aburrimiento siempre tuvo mala prensa. Decir «me aburro» parecía admitir que el mundo no estaba haciendo suficientemente bien su trabajo. Sin embargo, quizá aquella sensación desagradable escondía una función que sólo ahora empezamos a echar de menos. El aburrimiento era una habitación vacía. Entrábamos en ella protestando, desde luego, pero una vez allí había que hacer algo con nosotros mismos. Y entonces ocurrían cosas pequeñas que no parecían importantes. Un niño cogía dos piedras y aquellas piedras terminaban siendo dos ejércitos. Una caja de cartón podía convertirse en una nave espacial, una portería o una casa. Alguien observaba durante tanto tiempo la ventana de enfrente que acababa imaginando quién vivía detrás. Se escribía el nombre de una persona en el margen de un cuaderno. Se dibujaba. Se inventaba. Se recordaba. Se fantaseaba con marcharse algún día a una ciudad que sólo conocíamos por las películas. A veces uno no hacía absolutamente nada salvo pensar. Pensar sin objetivo, sin pretender encontrar una solución, sin convertir el pensamiento en productividad. Y precisamente de aquellas derivas podían surgir una historia, un deseo, una vocación o la certeza inexplicable de que queríamos otra vida. La imaginación casi siempre necesitó primero un poco de vacío. Es difícil escucharla en mitad de una multitud.
Tal vez por eso no deberíamos confundir aburrimiento con inutilidad. Hay cosas que no producen nada y, sin embargo, nos construyen. Una conversación que se alarga después de comer. Un paseo sin rumbo. Mirar cómo cambia la luz sobre una pared. Permanecer sentado junto a alguien sin necesidad de hablar. Perder el tiempo con una persona querida. Qué expresión más extraña, por cierto: perder el tiempo. Como si el tiempo fuese exclusivamente algo que tuviera que rentabilizarse. Nos han enseñado a aprovecharlo hasta tal punto que a veces parece que viviéramos con un contable sentado dentro de la cabeza. Hay que aprovechar el fin de semana. Aprovechar las vacaciones. Aprovechar la juventud. Aprovechar una tarde libre. Aprovechar el viaje. Aprovechar incluso el descanso para regresar descansados y poder seguir produciendo. Salimos a correr y aprovechamos para escuchar un podcast. Vamos en tren y contestamos correos. Mientras vemos una serie respondemos mensajes. Visitamos un lugar hermoso y antes de haber terminado de contemplarlo ya estamos buscando el ángulo desde el que guardarlo. No sé en qué momento hasta el ocio tuvo que demostrar que había servido para algo.
El verano es quizá el mejor escaparate de esa transformación. Las vacaciones se han convertido también en una especie de examen. Hay que vivirlas. Hay que hacer cosas. Hay que volver con historias. Lugares. Restaurantes. Fotografías. Atardeceres. Experiencias. Parece existir una obligación secreta de regresar habiendo exprimido cada día, como si una tarde dormida, una sobremesa demasiado larga o una mañana sin planes fueran pequeñas derrotas personales. Y luego mostramos las pruebas. Estuvimos aquí. Comimos esto. Vimos aquello. Sonreímos delante de este mar. Nadie fotografía normalmente la hora muerta de después de comer, el cansancio, el día en que no apeteció salir, la discusión absurda, la mañana en que uno decidió quedarse leyendo porque fuera hacía demasiado calor. Quizá por eso el verano de los demás siempre parece más verano que el nuestro. Comparamos nuestra vida completa con la selección de momentos de alguien y después nos preguntamos por qué sentimos que estamos desperdiciándola. Hemos llenado tanto el tiempo que incluso cuando descansamos necesitamos saber que estamos descansando correctamente.
Y, sin embargo, hay tardes que no deberían servir para nada. Esa idea, que parece casi una provocación en nuestros días, me resulta cada vez más hermosa. Una tarde que no mejore nuestra salud, que no aumente nuestros conocimientos, que no nos proporcione contactos, que no genere fotografías, que no pueda convertirse después en una anécdota. Una tarde vulgar. Una tarde perdida. Quizá deberíamos recuperar hasta el derecho a perder alguna. Porque no todo lo que parece improductivo carece de valor. Nunca habíamos tenido tantas maneras de matar el tiempo y nunca repetimos tanto que nos falta tiempo. Lo perseguimos, lo organizamos, lo llenamos, lo medimos en aplicaciones, intentamos optimizarlo y al final llegamos agotados al domingo por la noche preguntándonos cómo puede haberse terminado tan deprisa. Tal vez no nos falte solamente tiempo. Tal vez nos falten huecos. Lugares dentro del día donde no haya nada esperando nuestra respuesta.

El problema es que los huecos son peligrosos. Cuando desaparece el ruido empiezan a aparecer visitantes. Un recuerdo que llevábamos varias semanas esquivando. Una persona a la que hace demasiado tiempo que no llamamos. Una ausencia. Una decepción. La sospecha de que aquella decisión quizá no fue la correcta. Una pregunta acerca del trabajo, del amor, de los años que pasan mucho más deprisa de lo que uno admitía cuando tenía veinte. Hay pensamientos que poseen una paciencia extraordinaria. Pueden esperar todo el día detrás de nuestras ocupaciones. Nosotros abrimos mensajes, vemos vídeos, respondemos llamadas, trabajamos, hablamos, conducimos, cenamos, buscamos cualquier cosa y ellos siguen allí, sentados tranquilamente, aguardando a que se apague el último ruido. Quizá por eso algunos silencios incomodan tanto. Porque el silencio no siempre está vacío. A veces está lleno de nosotros.
Puede que esa sea la parte que menos nos guste admitir. Quizá no temamos el aburrimiento. Quizá temamos aquello que aparece después de aburrirnos. Porque pasado un rato ya no queda demasiado con lo que distraerse y uno empieza a escucharse. Y entonces surgen preguntas que ningún algoritmo puede responder por nosotros. ¿Estoy viviendo como quiero? ¿Hace cuánto que no soy verdaderamente feliz y no simplemente entretenido? ¿Por qué sigo aplazando aquella conversación? ¿Por qué echo tanto de menos a alguien a quien decidí dejar atrás? ¿Cuándo fue la última vez que hice algo sin pensar si servía para alguna cosa? ¿En qué momento empecé a necesitar ruido para no sentirme solo? Son preguntas excesivas para una parada de autobús, de acuerdo. Por eso quizá resulte más sencillo mirar el teléfono. Allí siempre está ocurriendo algo. En nuestra propia vida, en cambio, a veces hay que esperar.
También la creatividad parece haber pagado parte del precio. No hablo únicamente de escribir, pintar o componer. Hablo de esa imaginación cotidiana que permitía fabricar algo cuando no había nada disponible. Los niños rara vez dicen ya «no hay nada que hacer» sin que un adulto sienta la obligación de resolver inmediatamente el problema. Les organizamos la tarde, les ofrecemos una pantalla, una actividad, un juguete, cualquier cosa que evite esa terrible frase: «Me aburro». Quizá deberíamos responder alguna vez: «Pues abúrrete». No como castigo, sino casi como regalo. Porque después del «me aburro» suele venir un momento difícil, una frontera. Y al otro lado puede aparecer algo inesperado. La capacidad de inventar un juego, de observar, de preguntar, de encontrar una solución que nadie había preparado. Hemos querido ahorrar a los niños todas las incomodidades y existe el riesgo de que, junto a ellas, les estemos ahorrando algunas de las capacidades que nacían precisamente al enfrentarlas.
No quisiera que todo esto sonara a elegía de un tiempo analógico. Sería absurdo. Gracias a esa misma tecnología que a veces nos devora la atención, una persona sola puede encontrar compañía, alguien puede estudiar aquello a lo que jamás habría tenido acceso, dos personas separadas por miles de kilómetros pueden verse cada noche y un adolescente perdido puede descubrir que en otra parte existe alguien parecido a él. No quiero regresar a ningún mundo anterior. Lo que me pregunto es si, al ganar tantas formas de estar acompañados, estamos olvidando la manera de estar solos. Si al conquistar cada instante muerto hemos perdido la familiaridad con nuestra propia compañía. Porque estar solo y sentirse solo no son exactamente lo mismo. Hay quien puede atravesar una tarde entera consigo mismo sin experimentar soledad y quien necesita una multitud constante para impedir que ésta aparezca. Tal vez una parte de crecer consistía también en descubrir quién era esa persona que permanecía cuando todos los demás se marchaban.
Vuelvo entonces a aquella habitación del verano. Al ventilador moviendo inútilmente el aire caliente, a las persianas bajadas, al murmullo de un televisor en otra estancia, a una calle que parecía esperar también a que terminara la siesta. Vuelvo al niño que mira el techo y piensa que está perdiendo la tarde. No sabe que dentro de muchos años quizá recordará precisamente aquella luz. No sabe que algunas de las personas que entonces podía llamar al telefonillo ya no estarán. No sabe que llegará un día en que tendrá tantas cosas que hacer que daría cualquier cosa por recuperar durante una hora aquel absoluto no tener nada. Sobre todo, no sabe que mientras se aburría estaba aprendiendo silenciosamente una destreza que nadie le había explicado: permanecer. Estar. Soportar que durante un rato el mundo no tuviera nada especial preparado para él. Descubrir que no siempre hace falta escapar del minuto que nos ha tocado vivir.

Tal vez no necesitemos apagar nada para siempre ni emprender ninguna cruzada contra nuestro tiempo. Quizá bastaría con dejar alguna pequeña puerta abierta al vacío. Esperar sin sacar inmediatamente el teléfono. Caminar alguna vez sin escuchar nada. Sentarnos frente a una ventana sin sentir que estamos desperdiciando la tarde. Permitir que una conversación tenga silencios. Dejar que un niño se aburra. Dejarnos aburrir nosotros. No para convertirlo en otro ejercicio de crecimiento personal, ni en una nueva obligación que añadir a esa lista interminable de cosas que supuestamente debemos hacer para ser mejores. Hasta el aburrimiento perdería su sentido si también tuviéramos que practicarlo correctamente.
Quizá esta noche, cuando el día haya terminado y la casa vaya quedándose en silencio, podamos dejar el teléfono durante unos minutos sobre una mesa. Sin propósito. Sin medir el tiempo. Sin esperar ninguna revelación. Al principio seguramente sentiremos ese impulso absurdo de comprobar si alguien ha escrito, si ha sucedido algo, si el mundo sigue allí. Y sí, seguirá. El mundo tiene la desconcertante costumbre de continuar existiendo cuando dejamos de mirarlo. Después quizá llegue una pequeña incomodidad. Y luego, quién sabe, puede que aparezca el aburrimiento.
Ojalá. Porque llevamos tanto tiempo huyendo de él que quizá hemos olvidado algo muy sencillo: a veces el aburrimiento no era el final de nada.
Era la puerta. Y detrás estábamos nosotros.





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