Fotografía de Carolina Roca

Formo parte de un grupo cultural, gastronómico, lector y defensor del espíritu crítico, estratosférico. Yo soy, no es falsa modestia ni humildad de fraile farsante, el menos importante porque, habiendo catedráticos, médicos, abogados, empresarios, intelectuales, diputados…yo solo llegué a carcelero y espía etarrólogo, y he devenido -noten el término hegeliano-, tras muchos avatares, en anciano parado, abandonado y con menos futuro que un vampiro sin dientes.

Los disfrutones, completado por ahora con sus diez miembros brillantes, me han dado una nueva oportunidad de disfrute. ¡Qué suerte tuve cuando a Pachi, que intentaba colocar un nuevo integrante en el grupo, le pregunté! ¿Quién es este señor? Ella contestó inmediatamente: es un médico urólogo muy buena persona. ¡Hay que admitirlo de inmediato – contesté-. Un urólogo nos hace falta a todos! Lo que no necesitamos para nada es un pediatra, un licenciado en medicina deportiva ni un especialista en psiquiatría porque, a estas edades, las manías, las ideas obsesivas y las depresiones no tienen cura, o al menos yo no las conozco. Lo que no tenga remedio con una Alhambra verde, una ensalada de tomate con hueva de atún y un buen arroz de rape y almejas, ya no hay forma de curarlo.
Ese urólogo mágico y prudente – me voy a poner en tratamiento de inmediato, para todas las pegas que surgen a esta edad, ahora que hemos cogido algo de confianza y puedo contarle mis gatillazos y las veces que huyo corriendo de la cama al aseo cada noche- me ha invitado, nada más y nada menos que a la Cueva de Montesinos, junto a las Lagunas de Ruidera. Una cueva cervantina sobre la que han hecho literatura decenas de escritores empujados, atraídos por el genio de Cervantes. Yo voy a ir, aceptando de inmediato la invitación de este doctor porque además de perseguir desde el Quijote Negro e Histórico todo lo que suene a Cervantes, sé que el mayor novelista de la historia me va a curar mi hundimiento – si es que eso es posible- por la ausencia de Casilda, la perrita más dulce, más guapa, más buena, más motera y más feliz que ha pasado por el mundo, hasta que – conforme a las leyes biológicas imposibles de superar- se marchó en mis brazos, esperando que yo llegara a abrazarla, de manera silenciosa y suave, que era como ella lo hacía todo.
Después de varios días sin comer, sin dormir, casi sin respirar porque Casilda me hace falta a mi lado para todas esas funciones básicas. Después de calibrar seriamente recuperar el 357 Magnum que me acompañó tantos años en mi condición de etarrólogo y descargarlo en mi cabeza – con una de las balas que usa ese cañón con retroceso basta y suicidarse con barbitúricos es de mariconas- pensé firmemente: Ahora conozco la muerte de cerca. La estoy viviendo en mí.

Estoy al lado de Albert Camus y de Sísifo – aquel héroe condenado por los dioses a una tarea absurda, tan absurda como la vida misma, de empujar una roca montaña arriba para dejarla caer al llegar a la cima y comenzar otra vez la tortura de hacer rodar al peñasco cuesta arriba.
La vida absurda de Camus no tiene vuelta de hoja – amas a muerte a una mujer, por ejemplo, y un día te dice: esto no puede ser y todo pierde el sentido. Y así una vez tras otra. El hombre empieza a captar, esa vida absurda tan pronto crece su cerebro y empieza a ser el gran observador y solucionador de mil y muchos problemas. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Cómo he llegado hasta este sitio? ¿Por qué siempre acabo muriéndome? ¿Por qué se mueren quienes quiero? ¿Voy a algún lugar después de morirme?
La filosofía, la antropología y la teología buscan respuestas a los miles de preguntas que los hombres nos hemos hecho a lo largo de la historia. La Teología, maestra de ilusiones e irrealidades, elucubrando continuamente sobre argumentos carentes de realidad, encuentra más respuestas que ninguna. Somos unos ilusos y, por eso mismo, mantenemos a teólogos que generan continuamente argumentos como ruedas de molino y nos los tragamos sin chistar.
Cuando Camus afirma que el único problema filosófico es el suicidio, destroza bibliotecas enteras, quema papiros e incunables y manda a hacer puñetas -iba a decir a la mierda, pero aquí no cuadra- a centenares de filósofos, teólogos, obispos, papas, inquisidores, vendedores de humo y charlatanes de feria que han pululado por el mundo desde que hay memoria del primer hombre que empezó a rayar una placa de barro para plasmar en ella un pensamiento y transmitirlo a seres lejanos y desconocidos, porque ese es el milagro de la escritura.
El hombre, el mayor milagro de la naturaleza, busca soluciones a todos los enigmas y problemas que descubre cada día. Mi perrita Casilda, lista como un rayo, ha envejecido a mi lado, iba perdiendo vista, le fallaban las patas de atrás, tuvo un pequeño tumor intestinal que intervenimos a tiempo…pero no sabía que, con diecinueve años, se estaba muriendo. Su corazón estaba débil y ella no sabía nada de eso. Su vida se reducía a algún paseo corto, a irse una y otra vez a los bordillos y caerse por ellos, a andar en moto dentro de su mochila – única cosa que guardo de ella aparte de sus cenizas- y a dormir en una de sus cuatro cunas repartidas por la casa, ocupando la cálida o la más fresca según la estación. De pronto empezó a emitir de vez en cuando un aullido como si fuera un gato, como diciendo esto se acaba, pero ella no sabía que se estaba muriendo. Esperó una mañana a que yo volviera de una gestión inútil y abrazada a mi expiró. Respiraba muy despacito, por eso solo supe que había muerto, abrazada a mí, cuando su cabeza ya no se sujetaba y su cuello había perdido la fuerza para mantenerse erguido junto a mi pecho.
¿Qué hago yo intentando comer cuando mi Casilda está inerte en un frigorífico esperando a ser quemada? ¿Cómo puedo intentar siquiera una caricia, medio beso, cuando ella está en la nevera, como si fuese una merluza, haciendo cola sin saberlo, para que la incineren?
Se me han reproducido todos los problemas desde mi adolescencia, cuando yo era creyente y seguía a pie juntillas los discursos y las batallitas cebolletas de los curas de mi colegio, la lucha por la salvación eterna y el cumplimiento exacto de un montón de mandamientos – sin saber entonces- que solo eran un conjunto ideológico para dominarnos, para que fuésemos un ejército de militantes alienados y sin el mínimo espíritu crítico.

La muerte innegable y la posterior salvación con un paraíso ilusorio que habíamos asimilado grabado a fuego, tras años y años de “educación en la fe”, esa de comulgar con ruedas de molino, nos hacían seguir ciegamente pautas y convicciones y huir incluso de la naturaleza más razonable. Lean 357 Magnum, lean de putas y pistolas, lean Cuarenta años de cárcel, cuando Sor María, aquella monja guapa y joven, con medias negras como jamás he vuelto a ver ningunas, diez o doce años mayor que yo, se me vino encima en una habitación de un asilo donde agonizaba una vieja y, levantándose el hábito, me dijo con una pasión jamás vuelta a vivir. ¡Por ti me juego la salvación! Y yo, cobarde, hui como una maricona en lugar de abrazarla, comérmela entera, y terminar con ella lo que jamás había hecho. Dos años pasé torturado y confesándome una y otra vez porque veía mi vida eterna condenada en una caldera de aceite hirviendo, con Satanás cobrándose mi maldad. Cumplí exactamente El vagabundo filósofo de Máximo Gorki: tiré hacia la derecha cuando toda mi naturaleza me pedía ir a la izquierda.

La vida eterna no existe, es una quimera, una mentira inventada y reinventada durante siglos para consolarnos y tenernos sujetos. Mi Casilda en el frigorífico, esperando la incineración. Mi Casilda siendo quemada sola – como yo seré quemado cualquier día de estos- me ha enseñado que la vida eterna se termina cuando dejas de respirar y tu cuello pende sin orientación salvo que tu padre lo sujete. Mi Casilda no es un animal, es un ser humano. Más que muchos, más que casi todos. ¿Por qué no ha habido un Jesús de Nazaret que le diga: Casilda levántate y anda? ¡Casilda bebe, que no has bebido nada esta mañana y tienes que hidratarte! ¡Casilda cómete esa rueda de salchichón que siempre te ha gustado mucho y ahora ni siquiera la miras! La vida eterna es muy corta – eso ya lo aprendí cuando soñaba un día y otro con el túnel de tus piernas- dura diecinueve años como mucho. Diecinueve años y, muchas veces, menos de uno.





Deja un comentario