Seguro que todos vosotros habéis tenido algún tipo de contacto con el mundo de los videojuegos. Algunos los habréis visto desde lejos, en la portátil de un primo o la tableta de un niño pequeño. Otros, como yo, los habréis experimentado muy de cerca desde que tenéis uso de razón. Pero estoy convencida de que la frase “los videojuegos no valen para nada” la tendréis bastante sonada. ¿Y si os dijera que esa idea es totalmente errónea?

Como he comentado, llevo toda mi vida en sintonía con este mundillo. Desde que me regalaron mi primera consola, la Nintendo DS, he disfrutado de una cantidad ingente de títulos de todo tipo. Desde los simples plataformeros como Mario o Sonic hasta juegos de rol complejos y con mensaje como Final Fantasy VII, he vivido escuchando esa dichosa frase. No obstante, ya hay quienes se están dando cuenta de lo equivocados que están aquellos que comulgan con esta idea, puesto que ya podríamos empezar a considerar los videojuegos como un nuevo tipo de arte, al mismo nivel que el cine o la literatura.
En esta industria, en constante crecimiento económico, trabajan millones de artistas de todo el mundo. Desde el momento de la concepción de un videojuego, hay escritores, ilustradores, modeladores 3D, músicos y hasta arquitectos. De hecho, los videojuegos aportan tanto valor que podríamos explicar tropos literarios como el viaje del héroe con sagas como The Legend of Zelda, arquitectura medieval con algunos escenarios de Dark Souls y analizar bandas sonoras impresionantes como la de Undertale o The Last of Us. Por no mencionar los numerosísimos videojuegos educativos que hay. Si es que hasta Minecraft se utiliza en algunas escuelas de Suecia. Yo misma aprendí muchísimas palabras en inglés desde joven puesto que jugaba a Minecraft en inglés.
Decir que los videojuegos no son cultura o son un simple entretenimiento es igual de simple que reducir toda la industria cinematográfica a Transformers y las pelis de Marvel. Obviar que existen peliculones que marcaron la historia como Lo que el viento se llevó, 2001: Odisea en el espacio o El Resplandor es tener la mente muy cerrada. Lo mismo pasa con los videojuegos. ¿Es que tenemos que desechar auténticas joyas y obras maestras artísticamente hablando sólo por los Fifa, los Call of Duty y los juegos de farmear puntos del móvil? Es que no tiene ningún tipo de sentido.

Y, aún así, dejadme deciros que hasta en ese tipo de juegos hay artistas y mentes que diseñan niveles, personajes y música. Durante mucho tiempo, crecí muy interesada en un juego de móvil llamado Geometry Dash, que consiste en un cubo que salta para superar obstáculos y pasar niveles. Aunque parezca la cosa más simple del mundo, la verdad es que he conocido canciones y compositores que pusieron su música en algunos niveles y que, a día de hoy, sin estar tan pendiente del juego, todavía escucho. Pienso que, de cualquier cosa, por muy mundana y básica que parezca, puedes aprender algo. De cualquier videojuego puedes sacar algo útil y aplicarlo a tu vida, pese a lo que muchísimas personas, en mi opinión malinformadas, digan.
Por eso, desde ahora, cuando veáis a vuestro sobrino, primo pequeño o nieto jugando a cualquier cosa, no penséis que está perdiendo el tiempo. Es posible que esté haciendo mucho más que entretenerse. Quizá está viviendo una aventura espectacular encarnado en la piel de personajes como Cloud Strife, Samus Aran o Leon Kennedy, y eso tiene muchísimo valor. Sin ir más lejos, yo nunca me hubiese animado a escribir si no hubiese jugado nunca a Final Fantasy IX, título de la primera Playstation que me enamoró y que me ha marcado hasta hoy. Nunca sabes a dónde te puede llevar algo y mucho menos un mundo tan lleno de posibilidades como lo son los videojuegos.





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