Autor: Reyes Caballero

Hay personas que entran en nuestra vida a través de un encuentro aparentemente casual y, con el paso de los años, terminan formando parte de nuestra memoria personal. Juan López Martínez es una de ellas.

Lo conocí hace años en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, durante la presentación de mi libro Reina de Reyes. Al finalizar el acto compró un ejemplar y, poco después, me propuso algo que para mí tenía un significado muy especial: presentar el libro en el Ateneo de Madrid.

No era un lugar cualquiera. El Ateneo formaba ya parte de mis recuerdos desde la infancia. Cuando viajaba a Madrid, había estado allí con mis padres y mis tíos y, muchos años después, volvería en otras etapas de mi vida: en aquel Madrid ligado a mis encuentros con Luis García Berlanga, en presentaciones y exposiciones de amigos, o sencillamente para compartir una comida y una conversación.

Por eso, cuando Juan volvió a abrirme aquellas puertas, sentí que, de alguna manera, distintas épocas de mi vida se encontraban de nuevo.

El Ateneo pertenece, para mí, a esa geografía sentimental de Madrid que he ido construyendo con los años, siempre unida a personas, conversaciones y momentos importantes. También forman parte de ella lugares como el Museo Chicote, donde expuse mi obra fotográfica “Libertad y vida…” en 2004 y rodé secuencias de El Menipulador… Manipulado, el Café Gijón, donde en mi juventud me encontraba con amigos vinculados al mundo de

la cultura, o el Café Comercial, donde en 2025 compartí una copa con amigos íntimos el día de la presentación de mi película Ala Negra en la Academia de Cine.

No son solo lugares emblemáticos de una ciudad. Son espacios que se han ido entrelazando con mi propia historia, escenarios de distintas etapas de mi vida a los que he regresado muchas veces, casi siempre bien acompañada. Y quizá por eso, con el paso del tiempo, han dejado de ser únicamente lugares para convertirse también en memoria.

Recuerdo igualmente con enorme cariño aquel almuerzo al que me invitó en el restaurante del Ateneo, un espacio cargado de historia y de conversaciones, donde tantas generaciones de escritores, intelectuales y artistas han compartido mesa, ideas y discrepancias. Y recuerdo, especialmente, la felicidad de presentar finalmente allí Reina de Reyes. Juan hizo posible uno de esos momentos que permanecen.

Desde entonces han transcurrido los años y aquel primer encuentro se convirtió en una bonita amistad, sostenida por el respeto, el afecto y una sensibilidad compartida hacia la cultura.

Pero detrás del amigo existe también una extensa trayectoria profesional dedicada a la educación. Juan López Martínez ha ejercido responsabilidades de primer nivel en la Administración educativa española: Inspector Central de Educación, Vocal Asesor del Gabinete de la Secretaría de Estado de Educación y Formación Profesional y Subdirector General de Ordenación Académica entre 2004 y 2012. Su trabajo se ha extendido igualmente a la investigación, la legislación y la evaluación educativas, ámbitos sobre los que ha publicado numerosos libros y estudios.

A este recorrido institucional se suma una dimensión menos administrativa y quizá más íntima: la literatura y la poesía. Ha dirigido publicaciones, participado en antologías y publicado poemarios, construyendo un puente entre el rigor del educador y la sensibilidad del escritor.

Su trayectoria ha sido reconocida con distinciones como la Orden de Alfonso X el Sabio, la Cruz del Mérito Civil y las Palmas Académicas del Gobierno de Francia, además de otros reconocimientos vinculados al ámbito educativo y cultural.

Hoy continúa estrechamente vinculado a una institución fundamental para la historia intelectual española, el Ateneo de Madrid, donde ejerce como Consiliario de Educación.

Esta conversación nace, por tanto, desde un doble lugar: el interés por conocer la mirada de un hombre que ha dedicado gran parte de su vida a la educación y la cultura, y el afecto hacia aquel amigo que, hace ya muchos años, me invitó a atravesar una puerta que para mí significaba mucho más que presentar mi libro Reina de Reyes.

Juan, volvemos al Ateneo. Esta vez para conversar.

Has dedicado gran parte de tu vida profesional a la educación española, desde la inspección hasta responsabilidades dentro del Ministerio. Después de tantos años observándola desde dentro, ¿qué significa realmente para ti educar?

EDUCAR es formar personas responsables y libres, capaces de pensar y decidir por sí mismos, de ser ellos mismos y ellas mismas, con capacidad crítica y autocrítica, ayudándoles a descubrir que la felicidad tienen mucho más que ver con lo que se da, que con lo que se recibe.

Has conocido diferentes gobiernos, reformas educativas y sucesivas leyes de enseñanza. Cuando miras todo ese recorrido, ¿crees que España ha construido verdaderamente un proyecto educativo de Estado o seguimos reinventando la educación cada vez que cambia el poder político?

En España desgraciadamente solo se ha intentado una vez llegar a un Pacto por la Educación entre las dos grandes fuerzas políticas del país con el ministro Ángel Gabilondo, con el que tuve el honor y la fortuna de estar en su equipo. Pacto que consideraba la Educación una Cuestión de Estado sobre lo que une a los demócratas y no sobre lo que nos separa. Pactando incluso los desacuerdos. Hasta ahora ha predominado el enfrentamiento en la política educativa de este país, y eso no impide avanzar.

Fuiste Subdirector General de Ordenación Académica entre 2004 y 2012 y has ocupado puestos desde los que se toman decisiones que después afectan a millones de alumnos y profesores. ¿Qué se descubre de la educación cuando se pasa del aula y de la teoría a los lugares donde se diseñan las políticas educativas?

A mí siempre me ha llamado a participar de los distintos gobiernos de la Nación por mi perfil de inspector de Educación y, como tal , especialista en legislación educativa, para colaborar en la elaboración de distintas leyes educativas, especialmente en la Ley Orgánica de Educación (LOE) de 2006 y en la Ley de Modificación de esa Ley Orgánica que se hizo en 2016 (LOMLOE). Antes de ser inspector fui Profesor de Instituto en la materia de Física y Química. El trabajo en los despachos necesita de la experiencia de la pizarra, para no hacer leyes y normativas alejadas de desarrollo alejadas de la realidad docente.

La figura del inspector de Educación es bastante desconocida para buena parte de la sociedad. ¿Cuál debería ser, en tu opinión, su verdadera función: controlar, garantizar la legalidad, acompañar al profesorado, mejorar el sistema… o un equilibrio entre todas ellas?

La Inspección de Educación en España tiene tres funciones fundamentales reguladas con rango de Ley Orgánica: La Supervisión del cumplimiento de la legislación educativa, la Evaluación de la calidad docente y en función de esa evaluación el Asesoramiento a la Comunidad Educativa.

Existe actualmente un enorme debate sobre el nivel académico, el esfuerzo, la autoridad del profesor y la preparación de nuestros jóvenes. ¿Estamos exigiendo demasiado poco a las nuevas generaciones o simplemente estamos intentando educarlas con parámetros que pertenecen a otro tiempo?.

He publicado recientemente en la Revista “La Discrepancia” un artúclo sobre la necesidad de recuperar el concepto de exigencia. Las familias están educando a los niños y niñas entre algodones, desde el “si inmediato a todo lo que piden” , eso lleva inevitablemente a una adolescencia incapacidad de superar las frustraciones cuando llegan, a una incapaz de superar el sufrimiento inevitable en esta vida y a problemas posteriores de convivencia o de salud mental con indicadores en la actualidad preocupantes. Y ello dificulta la tarea docente, que conlleva inevitablemente la exigencia académica. Si además las familias no apoyan al profesor o no comparten con él los objetivos del proyecto educativo del centro, la autoridad docente se resquebraja y el principal perjudicado es, sobre todo, el alumnado.

Hemos entrado de lleno en la era de la inteligencia artificial. Los estudiantes pueden obtener en segundos información, textos y soluciones que antes exigían horas de estudio. ¿Estamos ante una extraordinaria herramienta educativa o ante uno de los mayores desafíos que ha conocido la enseñanza?

La Inteligencia Artificial debe integrarse en los proyectos educativos de los centros. Puede ser una gran ayuda para la elaboración de documentación de apoyo al estudio, para reducir la burocracia del profesorado y que pueda tener más tiempo para la educación personalizada del alumnado. La IA ha sido creada por la inteligencia humana y debe someterse a ella y al servicio de la humanidad. Cualquier invento científico, como la dinamita, puede ser útil o puede ser terrible, según como decida utilizarlo el ser humano.

Has escrito ampliamente sobre el derecho a la educación. Sin embargo, siguen existiendo grandes diferencias sociales, económicas y territoriales. ¿Puede hablarse verdaderamente de igualdad de oportunidades cuando el lugar donde nace un niño continúa condicionando una parte importante de su futuro?

La función esencial de la educación es compensar desiguales de origen social, cultural o familiar y facilitar el “ascensor social”. Desgraciadamente no está siendo así en España, porque no se invierte lo suficiente para atender la creciente diversidad del alumnado. Y, en consecuencia, los resultados dependen mucho de la capacidad económica y cultura de las familias, de tal modo, que la Educación está siendo más un instrumento de selección social que de compensación de desigualdades.

Además del educador y del alto funcionario existe en ti el escritor y el poeta. ¿Qué encuentra Juan López Martínez en la poesía que no puede encontrar en las leyes, los reglamentos o los grandes documentos educativos?

La poesía, dice el Premio Nobel de Literatura 2023, Jon Fosse, al que admiro profundamente, en su maravilloso libro “Misterio y fe”, editorial Debate, pg. 33: “Es algo que surge del silencio de nuestra intimidad, de nuestra más íntima soledad, del misterio de los escondido”. Para mí la poesía ha sido sobre todo “terapia interior” como dice Jorge Volpi, encuentro conmigo mismo, fortalecimiento de mi vida interior, algo muy parecido a la oración de relación íntima con la trascendencia desde el silencio interior.

El Ateneo de Madrid ha acogido durante más de dos siglos a escritores, científicos, políticos, artistas y librepensadores. Ahora que formas parte de su vida institucional como Consiliario de Educación, ¿qué representa para ti pertenecer a un lugar con semejante patrimonio intelectual?

El Ateneo fundado en 1820 al hilo de la Constitución de Cádiz es una

institución privada liberal como fueron sus fundadores Agustín Argüelles y el Duque de Rivas, ponentes de dicha Constitución, que procura respetar la diversidad de ideas como instrumento básico de construcción democrática,

valora la discrepancia y está alejada de toda polarización política o ideológica. Es para mí un inmenso honor pertenecer a dicha Institución, que creo  hoy más necesaria que nunca en nuestro país.

Vivimos en una época dominada por la velocidad, las redes sociales y los mensajes cada vez más breves. ¿Siguen siendo necesarios espacios como el Ateneo, donde la palabra, el pensamiento, la discrepancia y el debate reposado constituyen todavía una forma de entender la cultura?

Efectivamente, así es. Porque no debemos olvidar que uno de los principios fundamentales de la naturaleza es la tendencia al equilibrio.

Tú y yo nos conocimos precisamente alrededor de un libro, Reina de Reyes, y fuiste quien me propuso presentarlo en el Ateneo de Madrid.

Han pasado muchos años desde entonces. ¿Qué recuerdas de aquel encuentro y qué importancia tienen para ti esas relaciones que nacen de la literatura y terminan convirtiéndose en amistad?

El Ateneo como lugar de convivencia democrática permite efectivamente construir relaciones personales que van más allá de su propia tarea de difusión cultural. Ese encuentro me permitió descubrir la profundidad de tu obra, cuya creatividad supera los cánones tradicionales, a través de la extraordinaria  intensidad vital que traslada.

Después de una vida dedicada a la educación, a la Administración, a los libros, a la poesía y a la cultura, si pudieras sentarte frente a un joven que está comenzando ahora su camino y dejarle una sola enseñanza para enfrentarse al futuro, ¿cuál sería?

Sigue tu vocación. Se fiel a ti mismo, se sincero contigo mismo o contigo misma, lleva a cabo en tu vida un proyecto en el que tú creas de verdad, más allá de las opiniones de los demás. Le confesaría mis tres grandes

vocaciones: la educativa, la política y la religiosa. Compatibilizarlas y entregar mi vida a ellas me ha hecho progresar en la vida y ser feliz. No hay otro camino de éxito que seguir la propia vocación.

LO QUE PERMANECE

Hay entrevistas que terminan con una última pregunta. Otras, sin embargo, dejan abierta una conversación que parece continuar mucho después de haber cerrado estas páginas.

Esta es una de ellas.

Escuchar a Juan López Martínez es acercarse a una forma de entender la vida en la que el conocimiento no sirve para levantar distancias, sino para acercarse a los demás. Una vida construida desde la coherencia, desde la curiosidad y desde esa rara capacidad de conservar intactas las convicciones sin perder nunca la sensibilidad.

Tal vez, al final, las trayectorias no deban medirse únicamente por los cargos ocupados, los libros escritos o los reconocimientos recibidos. Tal vez exista otra medida más profunda: las puertas que somos capaces de abrir a otros, los gestos que permanecen y las personas que recuerdan que un día estuvimos allí.

Juan abrió para mí una de esas puertas hace muchos años. Y detrás de ella no encontré solamente un lugar cargado de historia: encontré también amistad, conversación y memoria.

Hoy, después de recorrer estas páginas, comprendo que aquella puerta era quizá la mejor metáfora de su manera de estar en el mundo.

Porque hay personas que pasan por nuestra historia y hay otras que, sin hacer ruido, se quedan formando parte de ella.

Gracias, Juan, por la conversación, por los años y, sobre todo, por haber estado.

Nos conocimos alrededor de mi libro Reina de Reyes.

La vida hizo el resto.