Autor:Tali Rosu

El sol decora las montañas más altas y cae sobre los campos de los valles. Debería ser un regalo, pero lo están convirtiendo en negocio. Donde antes había pueblos con encanto, hoy se extiende un océano metálico que no da sombra ni cobijo. Donde antes se escuchaban cencerros y el zumbido de las abejas, ahora es el rugido de máquinas instalando torres que parecen no acabar nunca.

Necesitamos energías limpias, sí, pero ¿qué limpieza es esta que arrasa con pueblos enteros y se traga la memoria de quienes sembraron las tierras con manos desnudas?
De repente, llegan contratos en sobres brillantes, cargados de promesas que hablan de empleos que duran un suspiro, tal vez lo que dura la obra, y de compensaciones que se evaporan en trámites y comisiones. Hablan en nombre de la sostenibilidad mientras arrancan raíces centenarias. Nadie menciona a quienes ven cómo su huerto desaparece bajo el trazado de una línea de alta tensión, ni al pastor que ya no tiene dónde llevar a pastar a su rebaño. No hablan de la contaminación visual que obstaculizan imágenes paradisiacas. Es curioso, por ejemplo, que en pueblos donde se protege el aspecto no permitan una placa solar en una casa, pero permitan que una empresa ponga varias decenas en un prado…

Los mapas de los despachos son fríos. Manchan de colores los montes, los ríos, los llanos… y marcan con rotuladores gruesos lo que consideran zonas estratégicas. Pero esos trazos no huelen a tomillo, no saben de historias de abuelos que construyeron muros de piedra con sus propias manos, no distinguen entre un valle virgen y un descampado industrial. Para ellos todo es superficie útil, todo es suelo explotable.

Se confunde transición con atropello. Se confunde lo renovable con lo desechable. Y siempre se desecha lo mismo: la vida de quienes habitan estos lugares. Porque la naturaleza no solo es un recurso, también es hogar, paisaje, cultura. Y cuando la convierten en mercancía, arrancan algo que no se puede volver a plantar.

Los pueblos callan a veces, resignados, porque creen que luchar contra gigantes es imposible. Pero otras veces se levantan. Y entonces uno escucha su voz: vecinos que firman manifiestos, que bloquean carreteras, que acuden a tribunales con más dignidad que medios. Gente que no se opone al sol ni al viento, sino a que se los roben.

Si la energía del futuro llega manchada con la expulsión de comunidades y la devastación de paisajes, no es limpia. Solo es otro disfraz del mismo monstruo que devora con prisa y sin escrúpulos.

El sol y el viento no necesitan destruir para alumbrarnos. Son las manos que los gestionan las que deciden si iluminan caminos o arrasan memorias.

Los pueblos huelen a leña quemada en invierno, a pan recién salido del horno, a tomillo que crece libre en los márgenes. Suenan a campanas que marcan las horas, a corrales llenos de vida, a silencios tan puros que solo los rompen el viento y los grillos. Llevan en sus piedras la memoria de generaciones y en sus tierras las huellas de quienes han trabajado la vida entera bajo el sol.

Pero después llegan ellos, sin bulldozers de guerra ni cañones, sino con trajes oscuros y promesas de progreso. Llegan con sus gráficos llenos de flechas ascendentes y un discurso que brilla como un escaparate: «sostenibilidad», «transición energética», «crecimiento verde». Palabras dulces que esconden un amargo veneno: el de convertir la naturaleza y la vida rural en negocio.

Seamos claros: lo que estamos viendo no es una revolución verde, es un expolio disfrazado de ecologismo. El campo se convierte en campo de batalla, y no contra el cambio climático, sino contra sus propios habitantes. Pueblos que ya sufrían la despoblación ahora tienen que ver cómo su identidad se arranca de raíz para que los de siempre hagan caja.

El modus operandi es tan predecible como cruel. Primero se señala una zona despoblada —porque parece que lo que no está lleno de turistas es tierra de nadie—. Después llegan los informes técnicos con cifras que marean y convencen a los despachos. Finalmente, los paisajes cambian para siempre: lo que antes era horizonte limpio se convierte en una jaula de acero y cristal.

¿Quién gana con todo esto? Las grandes eléctricas, los fondos de inversión, los que convierten hasta el sol en mercancía. ¿Quién pierde? Los de siempre: pastores, agricultores, vecinos que ven cómo su tierra ya no les pertenece ni visual ni sentimentalmente. Lugares que fueron refugio de memorias y raíces se transforman en escenarios desnaturalizados, sin alma.

No nos engañemos: esto también es una forma de colonialismo, pero en verde. No vienen con banderas, pero sí con contratos. No disparan balas, pero disparan cifras que deslumbran a políticos demasiado dispuestos a mirar hacia otro lado mientras firman autorizaciones.

La transición energética no debería ser una excusa para un nuevo saqueo. Hay techos, hay polígonos industriales, hay kilómetros de autovías que podrían llenarse de placas sin arrancar un solo olivo. Hay alternativas, pero son menos rentables para quienes solo saben sumar ceros a sus cuentas.

El campo, los pueblos y los paisajes no son decorados prescindibles. Son memoria, son cultura, son vida. Destruirlos en nombre de un supuesto futuro sostenible es la contradicción más sangrante de este tiempo.

Y como ocurre con la gentrificación en las ciudades, aquí también se alzan voces que resisten. Plataformas ciudadanas, asociaciones vecinales y colectivos ecologistas que dicen claro: «sí a las renovables, pero no así». Porque no se trata de negar el progreso, sino de reclamar justicia, equilibrio y respeto.

La verdadera transición energética será aquella que no expulse a nadie de su tierra ni condene a los pueblos a convertirse en simples escenarios vacíos rodeados de infraestructuras mastodónticas. Será la que no robe el alma de los lugares en nombre de un futuro que nunca llega para quienes más sacrifican.

¡Defendamos nuestros pueblos!

¡Defendamos nuestra tierra!