España, la OTAN y la ilusión de neutralidad en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán
No es una guerra mundial. Todavía no. Ese es el somnífero que quieren meter por vena, como si el adverbio fuera un sedante. Todavía. Como si la historia fuera una bomba lejana con temporizador; miramos el reloj desde lejos y suspiramos sintiéndonos a salvo.
No es una guerra mundial.
Es solo una escalada regional.
Solo ataques selectivos.
Solo represalias.
Solo bases militares.
Solo petróleo.
Solo muertos en otra parte.
Solo muertos, solo muertos, solo muertos…
A finales de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra Irán. Irán respondió. Europa dudó, pero no demasiado: Reino Unido ofreció bases; Francia y Alemania hablaron de «medidas defensivas». Rusia y China observaron, midieron, calcularon… El estrecho de Ormuz volvió a convertirse en la reina del baile, la chica popular a la que muchos se llevarían a la cama.

Y en España, mientras tanto, no cae ninguna bomba, y por eso creemos que no es nuestra guerra. Pero tenemos que entender de una vez que la guerra no necesita cruzar fronteras para pertenecernos. Basta con que financiemos la logística, permitamos el uso de bases, sostengamos alianzas, compremos el relato o miremos hacia otro lado.
España no ha enviado tropas de combate contra Irán. El Gobierno ha rechazado la acción militar unilateral y ha pedido desescalada. Es importante decirlo. Es necesario reconocerlo. Pero también es insuficiente. Porque España sigue dentro de la OTAN.
Y pertenecer a la OTAN no es una etiqueta diplomática: es una estructura militar operativa. Significa bases. Significa interoperabilidad. Significa compromisos que no dependen de la voluntad moral de un gobierno concreto, sino de un sistema diseñado para activarse cuando sea necesario.
La guerra no empieza cuando mueren tus soldados, sino cuando aceptas formar parte de la maquinaria que hace posible que mueran otros.
El patio del colegio
Y ahora viene la caricatura, y no solo me refiero a Trump, que es un personaje tan bizarro que parece sacado de una novela de Dirty Works. Ojo, que me encantan esos libros, pero mejor que se queden en las palabras impresas.

Me refiero también a lo que se ve si miramos la política internacional con algo de perspectiva: el cuadro empieza a parecerse inquietantemente a un patio de instituto. Vamos a analizarlo.
Está el matón. No necesita tener razón, solo ser lo bastante fuerte como para que nadie quiera enfrentarse a él. El resto del patio se divide entonces en tres grupos muy reconocibles:
- Los que lo apoyan abiertamente.
- Los que lo apoyan por miedo.
- Y los que miran desde lejos esperando no convertirse en el siguiente objetivo.
El paralelismo es incómodo, pero tan real como las bombas que matan a los niños en la escuela.
No hace falta decir que en este escenario, Donald Trump sería al verdugo. Los países que lo respaldan se comportan como esos compañeros que se ríen de sus bromas demasiado fuerte, lo suficiente para asegurarse de que los escuche el demente al que le hacen la pelota. Los que no lo apoyan del todo tienen el papel del espectador prudente: observan, condenan con palabras, pero rara vez se arremangan para detener la pelea.
Mientras tanto, quienes realmente sufren —los que reciben los golpes— no son los gobiernos ni los estrategas, son los individuos: adultos y niños, personas que simplemente estaban allí cuando alguien decidió convertir su ciudad en un tablero.

Y así, la guerra siempre termina siendo un abuso colectivo que se parece cada vez más a los institutos de las películas de adolescentes de Estados Unidos donde el líder del grupo popular se gira hacia el resto y pronuncia una frase simple: «O estás conmigo o estás contra mí». No es una invitación. Es una amenaza.
Ese tipo de poder no busca aliados reales, busca obediencia. Y cuando alguien no la ofrece, llega la pataleta, la represalia y el castigo ejemplar.
España, en este caso, ha mostrado reservas ante la intervención directa. Y la reacción no ha tardado en llegar: presión diplomática, reproches, advertencias económicas, insinuaciones de falta de lealtad.
Es el mismo mecanismo psicológico, solo que con misiles en lugar de taquillas.
El ego como motor
Hay otro elemento inquietante en este escenario: la personalidad de los que mueven los hilos.
Donald Trump ha sido descrito durante años con rasgos que encajan con un perfil narcisista extremo: necesidad constante de admiración, incapacidad para asumir responsabilidad y obsesión por la imagen de poder. La gente lo sabe, y aun así lo votan o le lamen las botas hincados ante sus pies. Y en ese tipo de psicología, el conflicto no es un problema, sino combustible.
No importa demasiado cuántas personas mueran, ni siquiera importa del todo quién gane o pierda. Lo importante es la sensación de dominio, la gratificación inmediata de imponer la voluntad propia sobre el mundo, el poder como espejo, el mundo como escenario y la tragedia como ese ruido que molesta a cualquiera, pero todos se acostumbran a escucharlo.
Es una mierda, pero la realidad es que la historia está llena de guerras que empiezan porque algún descerebrado confunde la grandeza con el tamaño de su sombra.
La comodidad del espectador
La mayoría de la gente cree que la guerra es algo que sucede en la televisión o en las redes sociales. Es como algo narrativo, no una realidad tangible. Y no es que lo piensen, porque racionalmente son conscientes de que no es así, pero es algo que se siente lejano, casi como una secuencia de imágenes entre anuncios.
La guerra, para nosotros, es un contenido.
No hay sirenas en las ciudades. No hay edificios derrumbados. No hay cuerpos cubiertos con mantas térmicas en nuestras aceras. No hay colegios bombardeados ni luces en el cielo amenazando con tirar bombas sobre nuestras cabezas. Así que no sentimos responsabilidad. No sentimos miedo. No sentimos nada…
Pero cada vez que un avión militar estadounidense despega desde una base europea autorizada, cada vez que un petrolero necesita escolta armada para proteger el flujo de energía que sostiene nuestra economía, cada vez que la estabilidad de nuestro nivel de vida depende de la violencia en otro lugar, estamos dentro de la guerra. No como víctimas, sino como beneficiarios.
El precio invisible
Nos han enseñado a medir la guerra en relación a lo que sentimos, y es un cálculo tribal lamentable; si no mueren los nuestros, no es nuestra tragedia. Claro, hasta que empiezan a medir la guerra con otra cinta métrica: con gasolineras, facturas, inflación y cadenas de suministro. Entonces sí lloramos.

Si Irán bloquea el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo se disparará. Ye hemos empezado a ver como sube la gasolina. La electricidad subirá también. La comida subirá… No porque haya escasez inmediata, sino porque el sistema económico está diseñado para anticipar el miedo.
La guerra llegará a nuestras casas en forma de números, pero aun así seguiremos creyendo que es ajena porque no vemos los cuerpos que sostienen esas cifras.
La ficción moral de la neutralidad
Existe una fantasía que parece superar los límites de nuestros cerebros: creemos que podemos ser neutrales sin dejar de formar parte de alianzas militares y que podemos condenar la violencia mientras participamos en las estructuras que la hacen viable. Yo creo que no funciona así, corregidme si me equivoco.
España no gobierna el mundo, pero tampoco es un actor inocente. Permitir el uso de infraestructuras militares, sostener compromisos estratégicos y formar parte de una arquitectura bélica global es, en sí mismo, una forma de implicación. Y nosotros, como individuos, consumiendo productos que nos venden aquellos que financian esas guerras, formamos parte del pastel.
El grado de colaboración no es el mismo, pero cada gota de agua moja la superficie.
¿Y qué pasaría si gobernara la derecha en España?
Un gobierno conservador, históricamente más alineado con Washington, facilitaría más rápido el uso de bases, el apoyo logístico y la integración operativa. No necesariamente enviaría infantería —el coste político sería alto—, pero haría lo esencial: permitir que la guerra fluya sin obstáculos.
¿Por qué? Porque es funcional y este tipo de gobiernos siempre buscan la estrategia antes de mirar la piel de los que sangran o los ojos de quienes lloran.
Eso es lo que hace peligrosos a este tipo de gobiernos y lo que pasa en la guerra: no necesita villanos, solo administradores eficientes.
La guerra no empieza con bombas, sino con ideas.
La idea de que no tiene nada que ver contigo.
La idea de que es inevitable.
La idea de que otros decidirán.
La idea de que no importa.
España no está en guerra, pero tampoco está fuera de ella.
Está en un territorio moral ambiguo donde se condena la violencia mientras se permanece dentro de la estructura que la hace posible, donde se celebra la paz sin reconocer que depende de que la violencia ocurra en otra parte.
La guerra no necesita que mueras, necesita que vivas como si no existiera.






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