Un adolescente apaga la luz de su habitación, pero el mundo no se apaga con ella. Sigue entrando por la pantalla: rostros perfectos, cuerpos imposibles, guerras, viajes, dinero, opiniones, desgracias, gente que parece haber encontrado su lugar. Todo cabe en unos pocos centímetros de cristal. Todavía no sabe qué hará mañana, quizá ni siquiera ha decidido quién quiere ser, pero ya siente que llega tarde. No es una sensación exclusivamente suya. Hay una generación entera creciendo con la impresión de haber perdido una carrera que nadie recuerda haber iniciado.
Conocen muy pronto casi todo lo que antes tardaba años en aparecer. La violencia, el sexo, el fracaso, la enfermedad, la exposición pública, la crueldad de los demás. También el éxito, o al menos la versión que el éxito ofrece de sí mismo cuando sabe que lo están mirando. A los catorce años pueden contemplar en una sola tarde más vidas de las que sus abuelos llegaron a conocer en décadas. No necesitan salir al mundo para descubrirlo. El mundo entra en sus habitaciones antes de que estén preparados para recibirlo. Entra mientras hacen los deberes, mientras comen, mientras intentan dormir. Entra con sus tragedias y sus promesas, con aquello que deberían desear, el cuerpo que deberían tener, el lugar al que tendrían que viajar, la ropa que deberían vestir y la edad exacta a la que tendrían que haber conseguido cada cosa.

Antes uno podía ignorar que otros parecían vivir mejor. La comparación tenía un territorio limitado: los compañeros de clase, el vecino, algún primo, el muchacho que tenía una bicicleta nueva. Ahora el espejo no termina nunca. Siempre habrá alguien más atractivo, más joven, más feliz, más rico o aparentemente más seguro de sí mismo. Lo difícil no es únicamente compararse con los demás, sino hacerlo con una vida editada y creer que la propia, con sus tiempos muertos, sus dudas y sus días sin nada que contar, está mal construida.
Crecer siempre ha sido complicado. No hace falta inventar un pasado amable que nunca existió. Hubo generaciones educadas en el miedo, el silencio y la obediencia. Jóvenes que empezaron a trabajar demasiado pronto, mujeres a las que nadie preguntó qué vida querían y muchachos que aprendieron a ocultar cualquier fragilidad porque sentir estaba mal visto. Antes no se vivía necesariamente mejor. Se vivía de otra manera, con otras pérdidas y otras injusticias. Pero había algo que hoy empieza a escasear: la posibilidad de equivocarse sin público.
Uno podía decir una tontería y dejar que desapareciera, vestir de manera ridícula, cambiar de amigos, enamorarse mal, defender una idea absurda y renunciar a ella unos meses después. La adolescencia era un borrador. Ahora puede convertirse en archivo. Una fotografía, un comentario o un vídeo pueden permanecer mucho más que la persona que los publicó. La identidad empieza a fijarse cuando todavía debería estar probándose, y se exige coherencia a edades en las que cambiar no solo es normal, sino necesario. Ya no basta con vivir. También hay que representar lo vivido. Una salida con amigos parece incompleta si nadie la fotografía. Un viaje necesita demostrar que ha sucedido. La tristeza se comparte, la intimidad se insinúa y hasta el dolor corre el riesgo de convertirse en contenido. No siempre se hace por vanidad. A veces se hace por miedo a desaparecer, porque lo que no se muestra empieza a parecer que no ha ocurrido.
Mientras tanto, sucede otra contradicción. Los jóvenes reciben muy pronto toda la información de la vida adulta, pero cada vez llegan más tarde a sus puertas. Conocen el precio de las cosas, las crisis económicas, la incertidumbre laboral y la dificultad de construir un futuro. Sin embargo, pueden alcanzar los treinta años sin haber tenido un espacio propio, una estabilidad mínima o la sensación de estar comenzando realmente su vida. Les pedimos que maduren, pero prolongamos su dependencia. Les hablamos de compromiso mientras todo a su alrededor parece provisional. Les preguntamos cuándo formarán una familia, comprarán una casa o encontrarán un empleo estable como si esas decisiones dependieran únicamente de su voluntad. Hay algo cruel en exigir un proyecto de vida a quien apenas puede proyectarse más allá del próximo contrato.
Sería demasiado cómodo, sin embargo, convertirlos únicamente en víctimas. También han crecido acostumbrados a la respuesta inmediata. Una canción, una película, una conversación o una persona pueden descartarse en pocos segundos. El aburrimiento se ha vuelto sospechoso y la espera parece una pérdida de tiempo. Cuando algo no produce satisfacción enseguida, surge la tentación de abandonarlo. La paciencia no nace sola. El esfuerzo sostenido tampoco. Ambos necesitan un espacio que permita frustrarse sin escapar de inmediato hacia otra distracción. Muchos jóvenes reclaman libertad, pero a veces olvidan que la libertad también exige soportar lo incómodo. Quieren ser comprendidos, aunque no siempre se detienen a comprender. Desean resultados rápidos en una vida que continúa teniendo procesos lentos.
El problema es que los adultos solemos señalar esas contradicciones desde una superioridad que no nos pertenece. Nosotros construimos buena parte del mundo en el que ahora les pedimos que aprendan a vivir. Diseñamos las pantallas, convertimos la atención en un negocio y llenamos sus días de estímulos para después acusarlos de no saber concentrarse. Les entregamos un escaparate y nos sorprendió que empezaran a mirarse en él. Tal vez por eso conviene dejar de preguntarnos si esta generación es más frágil. La pregunta ya nace equivocada. No son necesariamente más débiles. Están más expuestos.

Viven pendientes de demasiadas miradas, demasiadas noticias y demasiadas posibilidades. Cargan con el peso de saber que podrían estar haciendo otra cosa en cualquier momento. Siempre existe otra ciudad, otro trabajo, otra pareja, otra versión de sí mismos que parece más interesante que la que tienen delante. Tener tantas opciones no siempre libera. A veces paraliza. Antes muchas personas vivían una vida que nunca habían elegido. Ahora muchos jóvenes sienten que deben elegir la vida perfecta entre miles de posibilidades. Unos cargaron con la resignación. Los otros cargan con la duda. No sé cuál de las dos pesa más.
Quizá el verdadero problema sea que hemos confundido estar informado con estar preparado. Un muchacho puede conocer los mecanismos de una relación tóxica y no saber marcharse de ella. Puede hablar de ansiedad y no entender qué le ocurre cuando se queda solo. Puede reconocer palabras, diagnósticos y comportamientos, pero seguir sin herramientas para atravesarlos. Saber nombrar una herida no siempre significa saber curarla. Hemos llenado sus cabezas de información, pero no siempre hemos dejado sitio para la experiencia. Les explicamos demasiado pronto cómo funciona el mundo y después apenas les permitimos descubrirlo a su ritmo.
Tal vez por eso algunos parecen cansados antes de haber empezado. No porque hayan vivido más, sino porque han tenido que mirar demasiado. Lo ven todo: la precariedad, la guerra, el deterioro del planeta, la violencia, el desprecio, la opinión de cualquiera sobre cualquier cosa. Reciben cada día una cantidad de angustia que el cuerpo no sabe dónde guardar. Después les pedimos entusiasmo, confianza y planes a largo plazo. Y cuando dudan, los llamamos perdidos.
Pero perderse siempre formó parte de crecer. Lo nuevo es hacerlo delante de una audiencia y con la sensación de que todos los demás han encontrado ya el camino. Tal vez deberíamos dejar de exigirles respuestas tan pronto. Permitirles no saber. Recordarles que una vida no se decide en una tarde ni se construye con la velocidad de una pantalla. Que nadie llega tarde a un lugar que solo le pertenece a él.
El adolescente sigue en su habitación. Ha apagado la luz, pero el mundo continúa desfilando ante sus ojos. Vidas completas resumidas en unos segundos. Personas que sonríen desde lugares donde él nunca ha estado. Gente que parece tener claro quién es. Quizá algún día comprenda que casi nadie lo sabe. Quizá también nosotros deberíamos recordarlo antes de juzgarlo. Porque crecer nunca consistió en recibir el mapa completo. Consistía en aprender a caminar, equivocarse de calle, regresar algunas veces y descubrir que no todos los caminos conducen al mismo sitio. Lo distinto ahora es que les hemos entregado todos los mapas antes de enseñarles a dar el primer paso. Y después nos sorprende que no sepan hacia dónde ir.





Deja un comentario